Un devenir entre sombra y luz

 (Desde Valencia a Ourense por los Caminos de Levante, del Sureste y Portugués de la Vía de la Plata durante agosto del 2009)

 

 

A mis padres,
 por enseñarme a caminar,
 y a Antonio
(“el comodín de la llamada”),
 fallecido recientemente.

 

PRÓLOGO 1 (A modo de información)

Como viene siendo habitual en mis últimos paseos en soledad me recreo, tras ellos, en su redacción. Así doy rienda suelta a mi sed por escribir y aprovecho para viajar por segunda vez. 

Esta obra está pensada, mayormente, para informar a los peregrinos a Santiago de cómo encontrarán los caminos por los que discurrí. Rezuma, por muchos de sus poros, mera objetividad. Espero que la información que ofrezco sea aprovechada por futuros caminante en estos tramos poco transitados. Mi empeño fue en ello.

Todos somos esclavos, en mayor o menor medida, de nuestros caminos en la preciosa vida que nos ha sido regalada. Yo soy esclavo, entre otras cosas, de la idea pertinaz consistente en transitar por todos los caminos a Santiago.

Antes de iniciar el periplo estuve estudiando posibilidades. Existen, aún, ramales a Santiago que no he realizado en zonas levantinas y manchegas.

He sabido, con el tiempo y la experiencia que ofrece, que lo ideal para mi peregrinar (caminar por tierras extrañas) es transitar sin ninguna otra compañía que mi sombra. Me
place abandonarme mientras mis piernas caminan solas.

También sé que, mientras más días pasan en mi tránsito, más armoniza mi mente con la Madre Tierra y que lo conveniente es seguir caminando desde el punto donde lo dejé el día anterior. Los desplazamientos en transporte público desestabilizan la paz que busco. Pero la esclavitud que cité arriba abofetea a la paz anhelada.

Lo perfecto para dedicarse a andar, al menos durante un mes, es empezar en un punto determinado y acabar en otro. Sin saltos. Ya veréis como una leve caricia, cada vez más firme y constante, se apoderará de vuestra mirada.

Os invito a acompañarnos a mí y a mi sombra durante algo más de 900 km. Los realicé en 29 días. No soy un deportista de los caminos, sólo un simple viandante. Casi desde mi primer camino a Santiago conocí la distancia que armoniza con mis aptitudes físicas: Un poco más de 30 km. Sin pretender, a priori, cumplir con mi media en este paseo, la resultante durante las 29 jornadas fue de 31’5, o lo que es lo mismo, un jornal, pues mi ritmo es de 4 km/h, esto es, 8 horas caminando por día.

Intento amenizar la crónica con todas las anécdotas que recuerdo, que no son pocas ante mi sorpresa. Sabed que entre ellas hubo horas y horas de absoluto abandono, soledad y comunión con la naturaleza. Esas horas son las principales protagonistas y las causantes de que ya esté pensando en mi próximo peregrinaje.

Añado la breve crónica (y primera y aún no publicada) del tramo entre Albacete y Toledo. Éste lo realicé durante la Semana Santa del 2008.

Las fotos que realicé con el móvil las encontraréis en mi página de Picasa:

http://picasaweb.google.es/pepekoete

 


PRÓLOGO 2 (A modo de gris interrogación)

Luz a raudales sobre la tierra en estío. Sombra proyectada por un cuerpo transeúnte. Entre ellas los pensamientos brotan o no. La palabra es balbuceo o canto, o no. Tus huellas ululan en pos de lo inabarcable. El futuro es un juguete en manos de la nada. El viento permanece mientras muda y rasga sus vestiduras, la tierra también ¿O no?

¿Es éste tu paso? ¿Algo se transforma? ¿Quedará quizá tu aliento en el recuerdo de las piedras? ¿El tiempo significa? ¿Se esconde tras las cicactrices del sol?

Siempre el sol. Siempre la oscuridad de tu sombra. Vagas y vagas. Te preguntas, si miras hacia abajo, qué es ése movimiento rítmico y preciso ¿Estás aquí? El azul te mima, el gris te confunde, el negro de tu sombra te acuna ¿Te habla el blanco de las nubes? ¿Ellas van? ¿Tú vas?

¿Qué o quién impele tu avance? ¿Conoces el nombre de todos los veneros? La fuente de la sabiduría se ríe de ti. Lo sabes aunque acercas tus labios a ella para tener, de nuevo, sed ¿Pero existe esa fuente o es un espectro de lo que llaman historia?

¿Estás aprendiendo? ¿Estás aquí para tal cometido? ¿Regresas, motu proprio, a la llamada del caos? ¿Pretendes bucear entre tu respiración jadeante? El Uno no existe. La bruma de la irrealidad arremete contra los acantilados de tus deseos.

¡Siéntate! ¡Descansa de tu ansia! Pon un caracol en tus rodillas y ríndele pleitesía. Si pisas ese reguero de hormigas te pisarás a ti mismo. Cuánto más minúsculo te hagas más aprehenderás la melodía de la simplicidad

El vacío vive cerca. No hay prisas. No hay trampas.

La verdad la puedes encontrar tras el velo tornasolado de todas partes, hasta en la niebla que acaricia tu pensamiento. En él habitan ríos, valles, llanuras y cordilleras, a imagen y semejanza de los que observas mientras el ocre absorve tu sudor y es tu guía y tu escenario. Caminos de la península ibérica. Contempla tus manos. Ellas te despidirán en Valencia y te recibirán en Ourense como a un viejo o nuevo conocido. Ahora abandónate al devenir del gris y confúndete mientras el blanco y el negro se aman.

 

Jornada 1ª: Alfafar-Algemesí (unos 34 km)

Enamorado de las acequias

Hoy comienza mi camino y la jornada se prevé dura, ya que me levanto a las 4:30 a.m. para coger el autobús que me conducirá al aeropuerto. Mi avión de bajo coste saldrá a las 6:30 y llegaré algo justo para facturar la mochila. El autobús que me lleva desde Sevilla al aeropuerto arriba 10 minutos antes de que cierren la facturación y troto hacia allí. Hay una cola considerable y me atienden ya pasada la hora límite. Primer contratiempo: El bordón lo he unido fuertemente a la mochila con cinta de embalar, pero el facturador dice que tiene que ir aparte, pues la punta de metal de éste podría dañar otros equipajes. No es ni será la última vez que tengo problemas para facturar el bordón. Me rebelo, protesto y llama a su jefe. Al final consigo que sea facturado, aunque aparte, y que no me sea cobrada la doble facturación, ya que tendría que abonar 10 euros más. Me da mala espina que sea transportado así, pero no tengo otra salida.

Ya en el avión suplico a Fortuna que esta vez no aterrice con dolor de oídos, ya que varias veces acabé así, me duró el dolor varios días y fue bastante molesto. No sé si la medida preventiva es efectiva pero, de vez en cuando, abro y cierro la mandíbula con fruición. Chicles no tengo.

Llegando a Valencia el paisaje es espectacular: Volamos por encima de un inmenso mar de nubes. Ya está aquí la bella ciudad y sonrío.

Me parapeto el primero a la espera de los equipajes, saliendo el último pues el bordón no aparece. Lo veía venir. Tengo que coger el metro hasta la capital y desde ahí un cercanías hasta Alfafar, que será mi punto de partida. Todo ello supone retraso. No quiero comenzar a caminar bien entrada la mañana para no pasar demasiado calor. Pienso incluso en no reclamar el bordón para no perder tiempo, pero no me gusta caminar sin él (ya que me sirve de apoyo y de defensa canina), mas estoy enojado y acabo reclamando. No aparece y me comentan que me llamarán a la tarde. Si no lo hacen tendré que llamar yo: ¡Buen servicio, sí señor!

Intento calmarme en el vagón del metro desayunando las galletas que traje. El trayecto se me hace interminable hasta la estación de trenes. Aprovecho aquí para cargar agua. Cojo el primer cercanías hacia Alfafar.

¿Y por qué la salida en Alfafar? Me encanta la ciudad de Valencia. Ya he transitado varias veces por ella admirando su encanto. El trayecto hacia Algemesí es de 38 km, algo duro para comenzar y, además, algo tarde según mi llegada a Valencia. Por otra parte, las señales suelen perderse en las grandes urbes y, si me desorientara hoy, acabaría haciendo 40 km o más, así que tenía decidido, antes de comenzar, el punto de inicio: La estación de trenes de Alfafar, que dista unos 5 km de la catedral de Valencia.

Comentar que ya avisé de mi llegada al Museu de la Festa de Algemesí, que es donde reciben al peregrino en la villa.

Amparo, de la asociación valenciana del Camino, me había comentado, gentilmente, que encontraría las señales saliendo de la estación hacia la derecha. De momento no las veo y pregunto a un cuarentón aparentemente normal, que acaba siendo algo retrasado y que me acosa a preguntas aparte de informarme, con amabilidad, dentro de sus posibilidades. Pregunto a otro lugareño sobre la dirección hacia Massanassa, mi primer destino, y me orienta someramente. Cuando me hallo desorientado en el Camino siempre pregunto por el pueblo más cercano por el que debo transitar, nunca por el ulterior, así se obtienen mejores resultados, pues el radio de acción de los lugareños suele ser limitado en cuestión de caminos públicos. Algún minuto más tarde, habiendo decidido llegar cómo sea a Massanassa, me encuentro con la primera señal. Soy bastante nervioso, he dormido poco y he pecado de impaciente. Primera flecha amarilla y primera marca del GR, ya que el Camino de Levante, en la provincia de Valencia, está también pintado con señales de GR para que sea más respetado legalmente.

Siguiendo las primeras flechas amarillas de las que miles que veré durante el mes, arribo a Massanassa sin problemas pero, al poco, las acabo perdiendo, ya que me confunden las marcas amarillas que hay pintadas en las aceras para que no estacionen los vehículos. En una avenida larguísima me informan que siga recto y que me encontraré con Catarroja, mi siguiente destino. Paseo ante la mirada estupefacta de muchos viandantes. Ya en la salida de Catarroja hago un receso para comer algo, me descalzo por vez primera y me fumo un merecido cigarro de liar ante la atenta mirada de la Guardia Civil, que se apostó a escasos cinco metros de mi humilde existencia. Dos agentes masculinos y uno femenino, joven y atractivo, con el cual tengo ensoñaciones lúbrico-sádicas. Tras el descanso para aliviar mente y pies me da por acercarme al agente femenino. Le explico que hago el Camino de Santiago (aunque es obvio nada más verme) y que perdí las señales y le pregunto si, además de la carretera, existe otra opción terrosa para desembocar en Silla. No la conoce, pero me comenta que en Silla existe un camino que sigue hacia Almussafes a la izquierda y paralelo a la vía del tren. Carretera adelante pues, de momento. Ésta no resulta desagradable del todo, ya que está flanqueada por polígonos industriales y circulo unos metros alejado de los vehículos y del asfalto ya ardiente.

Mi intuición me dice que el camino correcto desemboca en Silla a mi izquierda así que, al llegar a la periferia de la población, empiezo a cruzarla buscando, como referencia, la vía del tren. Me topo con un accidente de circulación: La calle pasa bajo un puente y el conductor de una grúa no ha medido bien la altura de aquélla. Dos obreros salen de ésta sangrando por la nariz y hablando por teléfono. El cuartel de la Guardia Civil está a 20 metros y ya hay agentes que acuden al auxilio, así que los accidentados no necesitan mi ayuda y sigo mi camino.

¡Sí, he reencontrado las señales!: Una camino asfaltado, entre huertas, que va acompañado de acequias para su riego. El calor ya es generoso y la alta humedad también, así que cada poco me refresco en las vitales acequias.

El trayecto hacia Almussafes se me está haciendo pesado. Noto bastante el calor y las escasas horas de sueño. Al fin, tras cruzar a mi albedrío la vía del tren, encuentro una población, que creo es dicha villa, pero que será una aldea llamada El Romaní. Tengo bastante hambre. Hallo un kiosko pero no hay pan. Me dirijo a un bar y no hay nada para comer. Ya puesto aprovecho para tomarme un par de birras bien frescas, amenizadas con burbujeante conversación con gentes del lugar. La camarera eslava, que es muy simpática y está de muy buen ver, me ofrece una botella de agua fría que despacho velozmente. Al menos he bebido algo fresco y he recuperado energías. A la salida de la aldea me encuentro con un restaurante donde el menú cuesta 8 euros y donde hay concurrencia de obreros. Pienso parar, pero acabo de beber mucho líquido, esto ha engañado a la hambruna y Almussafes está cerca. Ya en Almussafes me dicen que Benifaió esta contiguo, así que decido seguir y comer al final de este último.

Casi al salir del pueblo me para un coche. Es un hombre de unos 60 años que me saluda diciendo que es caminante peregrino. Su cara me suena y se lo digo alegremente. Yo a él no le sueno de nada y, seriamente, me indica la salida del pueblo y un bar cercano para comer, todo ello con exquisita amabilidad, eso sí.

El bar en cuestión lo están cerrando (son casi las 16 h), pero me permiten pasar. Me apetece comer algo frío, tipo ensalada o ensaladilla, mas no tienen nada parecido. Acabo entresacando un bocadillo de tortilla con mayonesa y una cerveza de lata. Me dirijo al parque cercano, pues ahí podré descalzarme y tumbarme un rato luego. Tras el merecido receso me aprovisiono de agua de la fuente del paruqe y continúo recto la marcha entre una avenida arbolada. Me encuentro, otra vez, con la vía del tren y la traspaso. En un cruce ulterior no encuentro señales. Pregunto a una mujer madura y coqueta, que me reubica. Tiene que marcharse. Regreso al parque y me percato de que una flecha me mandaba a la izquierda y no recto.

Al salir del pueblo varios muchachos se están bañando en una presa del canal de riego y refexiono si ponerme el bañador y darme un chapuzón, pero acabo de parar durante una hora y no me gustaría acabar la jornada más allá de las 19:30, hora en que se marchan los funcionarios del Museu de la Festa de Algemesí, encargados de recibir al peregrino y conducirlo al albergue.

Los pies me arden y acabo introduciéndolos en una bendita acequia. Pasado un ratillo observo que, aunque esté cerca de la pista asfaltada, no ha pasado un alma desde hace bastante tiempo. Pienso en desnudarme y meterme entero en la acequia, pero acabo cohibiéndome por si apareciera alguien.

El agua que llevo ya está bastante caliente y, al encontrarme con dos abuelos ciclistas parados, les pregunto si conocen un pozo cercano. Uno de ellos acaba ofreciéndome algo de agua que, aunque no esté fresca, al menos no está casi hirviendo como la mía. Una charla amena y restablezco mi andadura.

Más pistas asfaltadas, más acequias y, al fin, por el Camí de Benifaió, desemboco en Algemesí... o eso creo. A las 19:15 h Llamo al museu advirtiéndoles de mi llegada. La chica no tiene ni idea de dónde me ubico para orientarme. No importa, entro en la población, que sí es Algemesí, me topo con la estación de tren, pregunto y dos calles más adelante, a la izquierda, está el Carrer Nou del Convent.

Me reciben muy cordialmente. La chica se disculpa porque, como ella siempre llega al pueblo en coche, creía que yo entraría por la carretera (en la previa conversación telefónica se sorprendió de que yo no hallara ninguna rotonda). Me dice que si quiere que llame al albergue de Xátiva, pues la dueña es amiga suya. Yo estoy informado de que cuesta 18 euros, así que le agradezco el detalle pero rechazo su propuesta. Mañana llegaré más allá de Xátiva. Me hacen una foto junto a unos ninots, costumbre de la casa, y el chico me acompaña al albergue, que está en la acera de enfrente. Tiene literas y camas, baño completo y cocina; todo un paraíso. Me ducho, me tumbo un rato y después salgo para hacer compra en el supermercado. Busco un bar para tapear algo. Ninguno me convence y acabo comprando una lata de medio litro de cerveza en un pequeño supermercado, en el que despacha una sudamericana bien guapa y agradable. Marcho de regreso al albergue, donde devoro un bocadillo y tres yogures de chocolate. Se derrama algo de la cerveza y clamo al cielo por el despropósito.

En la habitación hace un calor espantoso, así que me acuesto en la litera más próxima a las ventanas y casi al borde de la cama. Son apenas las 22 h pero la jornada ha sido muy intensa... ¡Z-z-z-z-z-z-z-z-z...!

 

Jornada 2ª: Algemesí-Canals (unos 37 km)

Una proposición indecente

He dormido poco, agobiado por el calor y por algún mosquito pertinaz. Me levanto, antes del amanecer, con intenso dolor en casi todas las partes de mi cuerpo. Con mucha parsimonia, ya que cualquier movimiento impetuoso me molesta, desayuno, me tomo un calmante y preparo la mochila.

Desconozco por dónde sigue el Camino hacia Alzira. De momento busco la orientación por carretera y, al poco, encuentro una flecha en una señal de tráfico. Algún camino de tierra es ofrecido por las señales para no discurrir demasiado por asfalto. Ni habiendo llegado a la hora de caminata descanso algo exhausto. El dolor aún persiste y pienso fugazmente en abandonar el Camino. Como algo, me fumo un cigarro con tranquilidad, le doy ánimo a mis piernas y continúo hacia Alzira.

Ya en la localidad vuelvo a perder las señales del Camino y le pregunto a una guapa chica:

- ¡Hola! ¿Para ir a Carcaixent?
- Soy andaluza como tú y no tengo ni idea.

Nos reímos. Es curioso: He intentado pronunciar el nombre del pueblo en valenciano pero me ha pescado rapidísimo.

Le pregunto ahora a un hombre sentado en un poyo. No me he dado cuenta de que es retrasado y no acierta a contestarme. Le cuestiono ahora a una señora, quien me indica la dirección a Carcagente (también notó que soy andaluz al vuelo y me dice el nombre del pueblo traducido). Mientras la señora me explica, el hombre retrasado reacciona y me contesta al unísono.

Estoy a punto de dejarme olvidado el sombrero de paja que me regaló el padre Inocente en Tarancueña, Soria, sombrero que anuncia las fiestas de Alcorcón. A la salida de Alzira me encuentro con el bar Pepe el Coixo. Esto me hace sonreír. Primer encuentro con perros sueltos y algo agresivos que resuelvo al agacharme y recoger del suelo una piedra contundente. Al ver el tamaño del pedrusco me dejan en paz

La pista asfaltada que me conduce a Carcaixent reconforta mi espíritu, ya que está totalmente sombreada a estas horas. Los dolores permanecen, pero ahora con baja intensidad. Ya llego a Carcaixent y me llama el repartidor de objetos perdidos de Iberia. Ayer por la tarde me telefoneó la administrativa avisándome que habían encontrado el bordón y que le indicara dónde podía mandármelo. Como voy andando y desconozco los lugares de paso, le sugerí que podrían entregarlo en el cuartel de la Policía Local de Canals, lugar por el que debo pasar para que me den acogida hoy. Decidió que yo quedara directamente con el repartidor. Le comento ahora a éste que estoy en Carcaixent y que no le puedo asegurar la hora de paso por los siguientes pueblos. Le cuestiono si él conoce un bar o algún sitio de confianza donde poder dejar el bordón. Desconoce la materia. Buscará una solución y me llamara más tarde.

El calor ya aprieta acompañado de alto índice de humedad, alto índice que me acompañará durante casi todo el trayecto en la provincia valenciana. En una gasolinera adquiero un refresco. Me está gustando Carcaixent. Saliendo de la villa debo tomar una carretera poco transitada que me lleva, primero a Cogullada, y luego a La Pobla Llarga. Traspasado Cogullada, y a la izquierda, me topo con una casa. Tiene una inmensa higuera en la parte trasera. Decido descansar bajo su sombra. Mi gran sorpresa es que hay, también, una acequia con agua fresquísima y disfruto del momento refrescando mis pies en el agua. Un verdadero oasis del que me da verdadera lástima despedirme.

Atravieso La Pobla Llarga y hago una parada al abandonarla. Me hallo refugiado sobre un poyete con la sombra justísima. Almuerzo. Con las fuerzas renovadas continúo por el camino de tierra que llevo y un vehículo todoterreno para a mi lado. Un hombre jovial, con pinta de terrateniente, me dice que me invita a una cerveza para intercambiar visiones del Camino. Tras ello me devolverá al mismo sitio. Con el intenso calor reinante acepto. Ya en el vehículo me espeta que tiene que ir a un cajero para obtener dinero y así pagar a sus jornaleros. Vamos a un pueblo y el cajero no funciona. Mientras, la conversación ha ido derivando a una invitación a su finca: Me sugiere pasar allí la tarde, incluida comida y piscina. Si quiero también puedo pasar allí la noche. Empiezo a desconfiar y rechazo agradecido. Nos dirigimos ahora a Carcaixent. Insiste en la invitación. Según parece unos peregrinos a caballo ya disfrutaron de los placeres materiales de su finca. Yo no lo voy a hacer. Ahora le ruego me devuelva a donde me recogió sin la previa cerveza. Insiste en la cerveza y acabo accediendo, pero me la tomo con cierta premura. Le comenté lo del bordón y me cuenta que me puede facilitar, en su finca, el cabo de una azada. Acaba por llevarme allí. Es bajo y delgado y calculo un posible enfrentamiento si se pone grosero. Me hace ver los parabienes de la finca, a los que hago caso con disimulo. Al fin encuentra el cabo y me lo da. Le agradezco el detalle y le conmino, de nuevo, a que me devuelva al sitio donde me recogió. Empieza con una retahíla, ya en el coche, dedicada al respeto de las decisiones de los demás. Esto me demuestra sus verdaderas intenciones. Ya por fin regresamos tras más de una maldita hora. Me ofrece su tarjeta señalándome que si tengo problemas en un radio de 100 km no dude en llamarle. Con educación, siempre con educación, me despido, y gracias, definitivamente.

Mosqueado por el precio de la cerveza que me he tomado con el terrateniente sigo hacia Manuel, donde en un bar tengo una muy amigable conversación con los camareros y donde me tomo un par de cervezas y varias tapas frías, ya que no puedo tomar nada caliente por la fatiga provocada por el excesivo calor.

Ya olvidado el asunto del terrateniente, cruzo la vía del tren y tomo una pista asfaltada, que al poco se hará tierra y que irá sombreada en parte y acompañada de acequias. Torre Llorís ha quedado a mi derecha y refresco de nuevo mis pies en otro benefactor canal.

El camino es ahora variopinto. Lo voy disfrutando y vislumbro a lo lejos Xátiva entre montañas. Tengo una sed espantosa y el agua que porto va escaseando, así que decido pedirla en algún chalé de la urbanización por la que transito. Ya es hora de siesta, las edificaciones están desiertas, pero escucho muchas voces femeninas. Tras un recodo me topo con un harén y pienso en una alucinación: 6 ó 7 chavalas de unos 20 años, todas rubias, con ojos claros y cuerpos monumentales, charlan amistosamente acompañadas de una mujer, también rubia, de unos 45 años. Aún preguntándome si no estoy soñando, les solicito agua y me alcanzan una botella y un vaso. La que poseo (el agua) me la echo sobre la cabeza. Bebo un poco de la ofrecida, que no es mucha. Me froto los ojos. Ellas olvidan mi presencia y continúan con entretenida conversación ¿Estoy aquí? La realidad irrumpe al fin convertida en una peste horrorosa que procederá de algún corral vecino. Ellas parece que no reparan en ello y continúan muy animadas. Les pido humildemente más agua y contesta mi preferida, que es una chica en la que aún no se fijó mi visión enajenada. Es una adolescente de unos 16 años, morena, delgaducha, con los ojos oscuros, no guapa pero con una sonrisa angelical. Me conmina e esperar pues me traerá más agua. Mientras, el grupo de odaliscas permanece a lo suyo. El agua que me trae mi preferida está fresquísima y es una botella de litro y medio. Lleno sólo medio litro y me marcho cohibido y totalmente agradecido. Habiendo recorrido unos 100 m escucho unos gritos:

- ¡Señor, señooooooorrrrrrrr!

Mi preferida corre a mi encuentro con la botella, donde aún queda un litro.

- ¡Llévesela!

Sonrío y estoy por besarle las manos. Me contengo por si piensa lo que no es. Le agradezco mucho el detalle y se marcha, trotando y sonriendo, con extraordinaria hermosura. Una prueba irrefutable más de que la belleza está en el interior.

No me queda mucho para Xátiva, así que sólo cargo medio litro y el otro lo trasiego en un santiamén; un error porque me he excedido en la cantidad y al poco me entran ganas de vomitar. Busco una sombra en la que sentarme para relajar mis tripas. La hallo al fin y respiro pausadamente. Ya parece que estoy algo mejor.

A Xátiva arribo con renovadas ganas de refrescarme pues el calor aprieta de lo lindo. En un parque estoy a punto de tumbarme, pero diviso una fuente en lo alto. Esta fuente tiene varios caños y el agua está fresquísima. Meto la cabeza en el pilón repetidas veces y con extremo entusiasmo bajo la mirada de dos extranjeras, que cargan agua, y de un grupo de lugareños que ocian sentados alrededor de una mesa bien regada de vino.

Cargo agua, decido marchar, pero vuelvo a zambullir la testa varias veces más en el pilón como un niño pequeño. Ahora es cuando me doy cuenta que una de las extranjeras es joven,  va en minifalda y tiene un trasero bien jugoso. Un lugareño me hace, quedo, un comentario al respecto. Decido descansar en un banco cercano y fumarme un cigarro mientras admiro los movimientos de la minifalda. Dos niños de unos 13 años se sientan a mi lado para compartir el espectáculo. A la extranjera, aparte de una mujer mayor, la acompaña otro hombre mayor. Están trasteando en un coche que parece averiado y el cuerpo con minifalda se agacha varias veces para hurgar en el interior del motor. Los niños ríen ante las agradables vistas. El más atrevido de los lugareños ofrece su ayuda a la minifalda, no al hombre mayor que la acompaña, pero ésta, agradecida, rechaza. Al fin consiguen despertar al motor y se marchan; los niños y yo también.

Dentro de la ciudad hay un adolescente motorista que me pasa, a propósito, muy cerca, en un par de ocasiones. Espero una tercera vez para dedicarle una bella frase, pero no me llega la oportunidad.

Ya he recorrido 30 km y sólo me quedan otros siete. Me empiezan a fallar las fuerzas y llego exhausto a Novetlé, donde paro al lado de una fuente y devoro un pastel. Annauir está cerca. A la salida hay una pintada que conmina, literalmente, a sonreir. Lo hago. En Annauir vuelvo a descansar, necesariamente, comiéndome otro pastel. Hay que subir hacia Ayacor. Se me está haciendo muy dura la jornada, ya que no dormí mucho y el calor húmedo ha sido tremendo. En Ayacor entro atropelladamente en un bar donde, en dos tragos, bebo una cerveza de tercio para darme fuerzas durante los 2 km y pico que me restan. Un parroquiano se asombra de mis tragos.

Canals acaba estando más cerca de lo que indica la información que tengo. A una familia de paseantes le pregunto por la ubicación de la Policía Local. Ha quedado el trinquete a mi derecha y lo he pasado. Regreso un centenar de metros y por un sendero arribo al edificio. A escasos 20 metros del local de los municipales una docena de chavales fuman cannabis y trasiegan cerveza en abundancia ¡No les falta valor, no!

Entro con la lengua colgando en el local de la policía. Un agente me invita a beber agua fresca en una máquina al efecto. Mi sorpresa llega cuando me entrega el bordón que me perdieron en el avión y que trajo el repartidor. Me indica la ubicación del albergue, que es un piso en el mercat. En 20 minutos me abrirán otros agentes. Cuando llego, un grupo de chavales pertenecientes a una banda de música aguardan a otros integrantes del grupo. Charlo un poco con ellos. Los agentes tardan más de media hora. El piso es amplio y tiene dos habitaciones, cocina y baño. Está algo sucio, mas no en demasía. Me ducho y me apresuro para ir al supermercado y comprar el desayuno de mañana. Tras ello ceno a base de tapas y tres tercios de cerveza. La camarera ha inflado el precio. Me percato del gesto pero no digo nada. Hay gente que se cree muy lista.

La cama es blanda y deposito el colchón en el suelo. Son casi las once. A dormir (o intentarlo al menos).

 

Jornada 3ª: Canals – La Font de la Figuera (unos 36 + 2 km)

La chispa del camino

Me levanto con el amanecer para permanecer, al menos, 8 horas en posición horizontal. Desayuno en el albergue, recojo los bártulos con calma y ya estoy otra vez en faena. Desconozco de nuevo cómo salir de la población y pregunto a unos ciclistas. Éstos me dirigen a cierta torre. Encuentro, más o menos con facilidad, la torre y las primeras flechas amarillas. Abandono, encima de un coche, la tortilla de patatas (fresca aún, ya que la conservé en el refrigerador) de medio kilo que compré ayer, pues sólo hay 13 km hasta Vallada y llevo más comida. Pintadas de hermanos anarquistas me levantan el ánimo.

Me encuentro en un estrecho valle y paseo sobre pistas de tierra. Al rato, mientras devoro unos pasteles,  me pasan dos peregrinos ciclistas valencianos a los que saludo cordial y brevemente. En un cruce en T percibo, a lo lejos, que ellos han tomado la opción de la derecha. Llego al cruce y la señalización del GR ha sido destrozada en parte. Giro, asimismo, a la derecha, para corroborar la dirección, y a unos 100 metros de subida regresan los ciclistas. Por ahí no es, así que para abajo de nuevo.

Voy a la derecha de un río seco y cruzo hacia el lado izquierdo, donde hay una pista asfaltada con exiguos arcenes. Hay algunas acequias pero están, igualmente, secas. Percibo que aquí el riego es por goteo, así que mi gozo en un pozo... seco.

El calor vuelve a ser abrumador pero, de momento, lo sobrellevo bien. Antes de hacer un descanso bajo la sombra de un puente me pasa un abuelo ciclista que va hacia Vallada. Tanto en las dos jornadas anteriores como en ésta he aprovechado botellas de agua abandonadas en las huertas, no para beber, sino para refrescarme el cuerpo. Al rato el abuelo regresa y le paro para confirmar mi sospecha, esto es, que son botellas abandonadas por jornaleros y que, seguramente, se trate de agua potable. Él me lo confirma pero, prudentemente, me sugiere no fiarme. El agua que porto ya arde y bebo algo de una nueva botella que me encuentro, muy poco, por si las moscas.

Ya en Vallada lo primero que busco es una fuente. Al hallarla me recreo un rato. Hay un bar al lado y decido refrescar el gañote. Tomo tres cervezas y un plato de sepia a la plancha... ¡Uhmmmmm,... felicidad! Algo achispado salgo del bar y pregunto por la salida de la villa. Un abuelete muy amable me explica con precisión cómo llegar al Camino de la Umbría (¡uhmmmmmm,... que bien suena!). En una rotonda con un crucero en medio comienza este camino/pista asfaltada pero yo, inspirado por el alcohol y por nuevas marcas de GR, que malinterpreto, tomo a la izquierda en vez del sentido racional, que es de frente. El camino sube y sube hacia la montaña, pero ahora no me detiene ni el apocalipsis. A más de 5 minutos el itinerario se hace sendero para seguir ascendiendo a la montaña entre pinos. Mal asunto. Intento concentrarme y explotar las burbujas de mi pensamiento. Por aquí no es, así que vuelta hacia abajo. Corroboro el dato con una pareja que asciende en coche. De vuelta a la rotonda me río de mí mismo.

Ya bien ubicado aprovecho los mínimos arcenes de tierra para que los pies no se me sobrecalienten. A los lados de la pista existen chalés. Poca umbría tiene el camino, sólo algún pino muy de vez en cuando. Quizá antiguamente era un camino entre pinadas, pero supongo que las obras y algún que otro fuego habrán hecho desaparecer la mayoría de la arboleda. Me da por pensar que algún chistoso le puso el nombre a este camino, pero veo más razonable la primera opción.

Sólo 6’5 km separan Vallada de Moixent, donde existe albergue. Ya que las dos jornadas anteriores han sido exigentes me lo estoy tomando con bastante calma. Primero llegar a Moixent, que está a unos 20 km de Canals y, si me encuentro bien, seguir hasta La Font de la Figuera, que está 16 km más allá. A mitad del Camino de la “Umbría” me veo flanqueado por una serie de pinos. Decido tumbarme un rato y opto por el lado izquierdo. Un perro en un chalé me agua la fiesta con sus malditos ladridos y me voy al otro lado. Mientras estoy gozando de la tumbada me llama mi mejor amiga. Acaba de separarse y me ruega hable más tarde con su ex-marido. Se lo tengo que prometer. Retomo el rumbo y, ya llegando a Moixent, me topo con una botella vacía de medio litro de bebida isotónica. Ya porto una botella de las mismas características más la cantimplora, que tiene capacidad para un litro; pero a partir de ahora las distancias entre pueblos serán más largas, así que la cojo. Sabia decisión que confirmaré en el futuro.

Por fin en Moixent y un bar abierto me espera. Pido un refresco de cola, que me es servido con abundante hielo, y un bocadillo de lomo adobado que guardo para luego, ya que no tengo hambre, sólo sed. El chaval de la barra es muy amable. He decidido sestear en el pueblo y le pregunto por la dirección del local de la Policía Municipal, donde tienen las llaves del albergue. Me cuenta que no sabe si estarán allí y llama a un amigo. No puede corroborarlo, pero me da el número de móvil de la policía. Arribo al local y no hay nadie en su interior. Telefoneo y aparece en breve un policía que se carcajea con todo lo que digo. Estoy inspirado. Me da las llaves del albergue, que está al lado del cuartel de la Guardia Civil.

En el albergue, que está a unos 500 metros desviado del Camino, me obligo a comer medio bocadillo, me ducho y duermo una hora. A las 17 horas parto. Calculo que llegaré a “La Font” al anochecer.

Los primeros kilómetros son en subida entre pinares. El trayecto seguirá discurriendo por monte y por pistas solitarias, así que estoy dichoso. Desde Valencia hasta Canals las poblaciones estaban muy cerca entre sí y transité por demasiado trayecto urbano. Ahora me hallo en mi terreno, en el campo, y en ocasiones me pregunto si, en realidad, el que está caminando y su sombra están aquí o lo estoy soñando. Empiezo a fundirme con la naturaleza. Me empieza a molestar una ampolla que me ha salido en el lateral del talón del pie izquierdo ¡Bah, ni caso!

Me carcajeo cuando las flechas me hacen circundar una casa cuando existe un camino recto que la flanquea. El agua (2 litros que llené, aprovechando la nueva adquisición) empieza a escasear y ya soy “el señor de las moscas”, pues terminé tan cansado ayer y antier que no lavé nada. Su preferencia es, sin embargo, el sombrero, que ya huele bastante a sudor.

Restando unos 6 km hasta “La Font” decido descansar a lo grande. Cuando saco la mitad del bocadillo que me queda observo que sólo poseo medio litro de agua caliente. Pasa, milagrosamente, una pareja de ciclistas y les pregunto si podré hallar agua cerca. El chico me regala una botella de medio litro... ¡fresca!. Más a gusto que un marajá meriendo y reemprendo la marcha.
El tramo sigue siendo muy tranquilo. Paso sobre vías de tren y, ya anocheciendo, oteo “La Font” en el horizonte. Se me hacen interminables los 3 últimos kilómetros y alcanzo las primeras casas a las 22 h. Las primeras personas que veo en el pueblo son... ¡los peregrinos ciclistas valencianos!, que cenan pantagruélicamente en la terraza de un bar. Entro en el bar a por una cerveza y, ya con ellos, me cuentan que no han conseguido acceso al albergue. Hoy es domingo y no han dado con la Policía Local, que es la que entrega las llaves y que hoy no trabaja. El párroco del lugar no les ha acogido y han tenido que pagar 20 euros cada uno en una casa rural. Voy por otra cerveza y les hurto (previo permiso) un par de croquetas de bacalao. No puedo permitirme pagar 20 euros, así que me dirijo a la plaza con la mochila a cuestas. La podría haber dejado con ellos, pero así seré identificado para pedir alojamiento, ya que es tarde, no estoy precisamente limpio y puedo parecer un vagabundo cualquiera. Voy dispuesto a hablar con el alcalde si es preciso. En la plaza hay algo de tumulto, pues están acabando las fiestas. Pregunto a unos chavales, que están tomando cervezas en la mesa de un bar, por el local de los municipales. Me lo indican y una señora se levanta de la mesa más cercana. Me pregunta si soy peregrino (he hecho bien en cargar la mochila) y observa que ella es la encargada de las llaves del albergue ¡Bingo! La alegría me embarga. Me siento con los chavales a tomar cerveza. A los diez minutos me acuerdo de los ciclistas, les llamo, pero no hace la llamada mi teléfono. Me lo estoy pasando pipa con los chavales. Le he caído estupendamente a la única fémina, que es bien guapa y que... ¡tiene unos pechos...!, pero parece que el que se sienta a su lado es su novio.

Según me cuentan, el puerto de montaña que se divisa contiguo al pueblo (Puerto de Almansa), hace de límite provincial con Albacete y el Camino lo bordea. Me hacen saber que, a mi aire, puedo subir el puerto sin indicaciones, pero creen que al bajar me toparé con la autovía. Ya decidiré mañana in situ. Me llevan en coche al albergue, que lo dejé atrás. Me cuesta horrores encontrar el interruptor de la luz y noto que voy bastante ebrio. Hay una litera y un colchón, lo justo para mí y los ciclistas. Los vuelvo a llamar pero me equivoco y llamo a un amigo de Sevilla que tiene el mismo nombre (César) que el que me dio su teléfono. Aprovecho un rato para hablar con mi amigo. Ya es más de medianoche y decido no llamar a los ciclistas porque quizá duerman.

Un rato bajo la ducha, zampar los restos de comida y hasta dentro de ocho horas.

 

Jornada 4ª: La Font de la Higuera – Almansa (unos 27 km)

El padrino (el retorno)

A las 8:30 estoy en planta con intenso dolor de cabeza. La almohada que preparé con casi lo primero que me vino a mano era bastante dura. Tengo algo de resaca también. Ya con luz diurna me percato, algo tarde, de que hay una almohada hinchable en el albergue.

Me he levantado a esta hora para dormir las 8 horas pertinentes y porque no me queda nada de comida. No existe ninguna población en el transcurso de la etapa, así que deberé esperar a que abra el primer supermercado, que lo hará a las 9 a.m. Está en la plaza del pueblo.

Me dirijo a desayunar a un bar de la plaza y enseguida al supermercado. Regreso al albergue y me topo con que no cerré la puerta, dejando mis pertenencias dentro. Los objetos de valor (que son poquísimos) siempre los llevo encima. No le doy importancia al olvido. Me dijeron los chavales anoche que me encontraré con un pozo, a unos 5 km, si tomo el Camino de Santiago y no opto por subir el puerto. Decido guiarme por las flechas, pues me duele tanto la cabeza que no me apetece aventurarme, así que cargo 2 litros de agua por si no llegara a ver el pozo.

Hay que ascender por carretera para abandonar el pueblo. Unas obras en ella me confunden mas, al poco, las señales me guían por una pista asfaltada que, efectivamente, bordea el puerto.

Ya estoy bastante mejor. Al rato para un coche preguntándome cierta dirección. Yo, obviamente, no tengo ni idea. Para otro coche y es uno de los chavales de ayer. Trabaja de guarda forestal en el puerto. Le explico por qué decidí seguir las señales y me recuerda la ubicación del pozo. Muy buen chaval, del cual me despido.

Sí, a unos 5 km de “La Font”, me encuentro con tres casas, una a la izquierda y dos a la derecha. Antes de la 1ª, a 20 metros del Camino, está el pozo. Obligado receso... ¡Una verdadera delicia! Tras ello continúo levemente por monte, pues el Camino desemboca en un par de rectas larguísimas sin ningún tipo de sombra. Ahora la pista es de tierra y el calor ya aprieta. Nuevo descanso tras unos 4 km del anterior. Almuerzo con holgura y no sé por qué motivo me ataca una rijosidad imperiosa. Tengo que aliviarme sembrando el campo (esto ya me ha ocurrido en otras caminatas tórridas).

La pista me lleva hacia la vía del tren y la autovía. Antes de ellas hallo un cruce en T, que me suena bastante, y unas pintadas refiriendo que por ahí discurre también la Ruta de la Lana, camino a Santiago que afronté durante agosto pasado. Creía que los dos caminos irían de la mano hacia Almansa durante, aproximadamente, los últimos 4 km,  pero no es así. Voy a repetir no 4, sino 17 km. No me gusta duplicar. Menos aún este tramo, que es bastante duro en verano porque hay escasísima sombra. Me lo tomaré con calma, por supuesto. Al rato me siento en una sombra, ya conocida del año anterior, y llamo a mi padrino Pedro Antonio. Él fue mi gran benefactor durante la Ruta de la Lana. Me comenta que él sale de trabajar a las 23 horas de Alpera, que puedo dormir en su casa de Alatoz, que existen autobuses entre Almansa y Alpera y que si deseo no repetir km puede recogerme un peregrino de Almansa en el lugar que desee. Le  agradezco muchísimo el último punto pero ya puesto completaré la etapa. El año anterior descansé estupendamente en el albergue de las Esclavas de María de Almansa y me gustaría dormir ahí. Por otro lado me encantaría volver a ver a mi padrino. Cuando acabe mi jornada decidiré. Todo depende de la hora de mi llegada a Almansa y de la existencia de autobuses hacia Alpera a partir de dicha hora. Lo que sí tengo claro es que caminaré sin prisas, pues suficiente agobio tengo con el tremendo calor.

Intento disfrutar del paseo recordando los puntos en los cuales hice algo en particular el año pasado. Este año hacia Almansa estoy recorriendo 27 km, pero el año pasado fueron 42 y también bajo un sol abrasante, así que, aunque repita kilómetros, me reconforta que no llegaré tan exhausto debido a la diferencia importante de longitud de la jornada.

Ya están aquí la conocida aldea de Casas de Campillo, la subida a la loma que me conduce a un pequeño polígono industrial y... ¡Han repintado en un cruce en el que no había señales y en el que me equivoqué tomando la carretera demasiado pronto! Avisé de ello. Por capricho repito a conciencia el error del año pasado. Descanso bajo la sombra de un matorral anexo a la carretera. Ahora deambulo sobre el Camino Real de Valencia. Mi error ha sido el creer que la ruta que sigo este año provendría de la prolongación anterior de tal camino real, pero no es así porque, a lo lejos, diviso la autovía. Bueno, no se acaba el mundo por tan insignificante error.

Recuerdo ahora a Antonio Gómez, mi benefactor alicantino fallecido, pues me llamó cuando hacía el año pasado los últimos y, pesados entonces, kilómetros de esta etapa para darme ánimos.

Los pies empiezan a dolerme y debo descansar un par de veces antes de ultimar la jornada. Voy a llegar con el agua justísima y ya casi evaporada.

A las 18:31 llego a la parada de autobuses. La encuentro sin preguntar. Se acaba de ir un autobús hacia Alpera y el siguiente sale dentro de un par de horas. Decido ir a Alpera a ver a mi padrino (pues dos horas no suponen apenas nada) y desistir en visitar a las monjitas que tan bien me trataron el año pasado.

Me dirijo a una cafetería cercana y tomo refrescos con tapas frías. Cambio mis botas por las chanclas allí mismo, pues me arden los pies, percibiendo ya el terrible y penetrante tufo que desprenden las primeras. Las guardo en una bolsa. Menos mal que no hay nadie sentado cerca de mi mesa, pues supongo que protestaría. La camiseta y los calcetines tampoco huelen a rosas porque no tuve fuerzas para ponerme a lavar tras las duras jornadas anteriores. Sólo llevo, desde Sevilla,  una camiseta de manga corta y otra de manga larga, esta última  para pasear para la noche y por si amanece fría cualquier mañana. Acabará sirviéndome de almohada durante la mayoría de mis descansos.

Tras un rato en la cafetería, donde doy un poco de orden a las fotos tomadas, marcho a un parque y me siento a esperar el autobús. Una mujer madura se sienta enfrente y me observa de soslayo coqueteando un poco. No le hago mucho caso. Prefiero poner mi mente en blanco, ya que estoy notando el cansancio acumulado.

Ya en el autobús observo, primero, el ancho y blanco escote de unos tersos pechos que están en la otra fila de butacas y, después, el tramo que otrora  recorrí desde Almansa a Alpera.

Bajado del autobús me despido, suspirando, de los tersos pechos y me presto a buscar a mi padrino. Aproximándome a su consultorio pregunto a una señora por éste, pues no acabo de localizarlo. Me lo indica y... ¡ahí esta mi padrino conversando con un amigo en la mesa de un bar cercano al consultorio!.

Pedro Antonio percibe rápido que observo con frenesí la jarra de medio litro de cerveza que degusta su amigo. Me pide una. Conversamos apaciblemente un rato y se une al grupo la señora a la que le pregunté por el consultorio. Resulta ser la alcaldesa, la misma que me dio acogida el año pasado. Aprovecho para preguntarle cómo va la habilitación del albergue de la localidad. Me cuenta que está pensando instalar servicios con duchas como primera medida. Le contesto que en mi opinión lo más urgente es  adquirir colchones o colchonetas para que los peregrinos descansen mejor; que yo prefiero, sin ninguna duda, poder descansar en condiciones durante ocho horas a sentir el agua cayéndome por el cuerpo durante 5 ó10 minutos. Yo me aseo en cualquier lavabo, fregadero o fuente y los colchones o colchonetas se adquieren rápidamente. Una obra puede durar meses. No logro convencerla. Una lástima.

Mi padrino y yo cenamos en el consultorio y a las 23 h tomamos rumbo a Alatoz, parada obligatoria de la Ruta de la lana. Por la carretera casi atropellamos a dos conejos y a un chotacabras.

Ya en Alatoz charlamos con amigos peregrinos del pueblo ahora inactivos,. Me encuentro con Emilio, el dueño de un bar que tan exquisitamente me trató en mis dos anteriores visitas (pues vine a ver a la Real, acogiéndome, otra vez, mi padrino), y pregunto por el hermano Miguel Ángel, que acaba apareciendo. Un rato de cháchara y a la cama a la 1 a.m.

 

Jornada 5ª: Finca El Carrascal – Hoya Gonzalo (unos 29 km)

Mercromina sanadora de mentes

He quedado con mi padrino en que me recoja  un poco antes de las 8 pues él debe empezar a trabajar a las 8:30. Me da una camiseta de propaganda, que me pongo pues la otra... y me cambio de calcetines. Desayunamos y tomamos rumbo a la finca El Carrascal.

Explico por qué empiezo hoy aquí: La Ruta de la Lana acompaña al camino de Levante durante 19 km desde Almansa. Estos 19 km, sin sombra alguna, los hice el año pasado y se me hicieron bastante duros porque el calor apretó de lo lindo. Desde Almansa a Higueruela hay 38 km, durante los cuales no podré aprovisionarme de ningún tipo de comida y sólo de agua en la Finca El Carrascal, donde hay un pozo a la izquierda de las primeras casas. Así pues, no voy a repetir un tramo que ya hice si puedo evitarlo. Debo lavar ropa inminentemente, así que llegaré a Higueruela, donde existe albergue, y allí acometeré tal faena. En la piscina del pueblo escribiré notas de lo que voy realizando pues aún no lo hice. Hoy, pues, toca minietapa de 17 km (en principio) y relax.

El padrino me deja en la carretera a unos 300 metros de la finca. Al poco reconozco el pino inclinado que hace de referencia y la bifurcación de Caminos: Camino de Levante recto hacia Higueruela y Ruta de la Lana a la derecha hacia Alpera. Voy sobre pistas parcelarias. La mañana se levantó nublada pero poco a poco se disipan las nubes. El sol acaba luciendo con todo su esplendor, pero tengo suerte porque no calienta demasiado y, de vez en cuando, me acaricia y me acariciará una suave y fresca brisa.

Como todos los días me encuentro bastante cansado al principio. Me animo pues conozco que mejoraré con el paso de los kilómetros.

Al rato , cerca de unos molinos de viento contemporáneos, me paro a comer pastelitos. Un ciclista pasa rápido y le llamo. Se nota que es peregrino y se me apetece charlar con él. Al principio no me ve, pues estoy semioculto tras unos matorrales, pero acaba haciéndolo. Se asombra de mi presencia. Es valenciano y hará el Camino de Levante completo. Conoce mi cara pues en “La Font”, sin yo saberlo (y no me importa), hicieron una fotocopia de mi DNI que él vio anoche. Es simpático y bisoño en la experiencia. Le doy gustoso un par de consejos y el teléfono de mi padrino por si tiene algún problema en la provincia de Albacete. Nos hacemos una foto con su cámara y parte.

Me encuentro mejor y camino con placer. Me topo con un rebaño de ovejas sin vigilancia... (¿y el pastor y los perros?). Diviso al pastor subiéndose los pantalones bajo una carrasca y los perros junto a él (lo he pillado cagando). Disimulo haberle visto y cuando está vestido le saludo. Vislumbro la carretera que tendré que tomar (me lo advirtió el padrino), decido descansar antes de tomarla y devoro el salchichón con pan que me dio para almorzar.

Ya está aquí la maldita carretera y su ardiente alquitrán, pero lo pisaré poco hasta Higueruela, yendo unas veces por arcenes de tierra limpios, otras atravesando campos recién cultivados y otras caminando entre sombras de carrascas y pinos (esto último muy al final del recorrido).
En una nave un agricultor me ofrece agua y me cuenta que hacia Higueruela puedo ir por dos carreteras: Veré un cruce con un desvío a la izquierda que me llevará primero a Bonete, para después arribar a Higueruela. La otra opción es ir directo a Higueruela. Lo de Bonete sería buena opción (pues me cuenta que es levemente más larga) si me escasearan las provisiones de comida y/o agua, pero porto suficiente, así que iré directo a Higueruela. Ya calculados, grosso modo, los 17 km de marcha y no diviso el pueblo. Son las 14:30 y tengo que llamar al padrino porque quedé con él para comer. No tengo cobertura. Él tiene el tiempo justo porque a las 15:30 debe trabajar en Alpera. Preocupado por los kilómetros que faltan para poder comer con él un coche se detiene a mi lado. Una chica morena, joven y guapa, me pregunta cuántos km faltan para llegar a Higueruela, justo la misma pregunta que me estoy haciendo yo. Como creo que debe estar cerca le espeto que dos o tres. Le voy a decir que si quedamos allí para tomar café,  pero antes de siquiera abrir la boca me ha dado las gracias, muy sonriente, y se ha marchado. No aprendo, no.

Efectivamente faltaban unos tres km. Al dar una curva a la derecha vislumbro, por fin, Higueruela, y justo me llaman. Es el padrino que tiene que marcharse. Le digo que estoy llegando y que se detenga cuando nos crucemos. Casi entrando al pueblonos vemos, para y charlamos. Le comento que como me encuentro bastante bien he decidido comer en Higueruela, dormir siesta en su albergue y seguir hasta Hoya Gonzalo (¡y hoy que había decidido descansar...!). De este modo mañana tendré una etapa de menos de 40 km hasta Albacete. Él ya me había avisado que en Chinchilla ahora no acogen. En Hoya Gonzalo no hay acogida todavía. Al albergue de peregrinos le queda muy poco para ser totalmente construido. El padrino me puede recoger cuando acabe de trabajar, llevarme de nuevo a dormir a Alatoz y mañana temprano restituirme a Hoya Gonzalo. Quedamos en eso. Me comenta también que me apresure porque en el Bar La Posada, donde me darán las llaves del albergue, me están esperando.

Tras unos 300 ms de trote arribo al bar exhausto. Hay 4 ó 5 parroquianos en él, dos camareros comiendo y una camarera en la barra. Absolutamente nadie me echa cuenta. Miro repetidamente a la camarera. Ni caso. ¿Seré invisible?, ¿estoy aquí?, ¿la peste que me acompaña también? Pasados 3 ó 4 minutos de silencio sepulcral, durante los cuales me lío un cigarro y empiezo a fumar mirando al infinito, ella me atiende. Le pregunto si van a cerrar y me contesta que no. Le pido una ensalada, pues sólo me cabe algo ligero, y riego mi garganta con dos tercios de líquido rubio fermentado. Un parroquiano de unos 80 años me señala y se ríe. El gesto me molesta pero acabo por no hacerle caso. Tras la comida le pido a la camerera las llaves y me dirijo al albergue. Hay que subir una cuesta.

En el albergue me ducho y preparo la cama ¡Bendita siesta! Cuando suena el despertador del móvil me quito los tapones de los oídos (con los que siempre duermo en el Camino) y el estruendo es ensordecedor. Me había despertado alguna vez escuchando ruido de fondo: En la calle una taladradora pertinaz y en el piso de arriba del local alguien toca la batería rematadamente mal. Otro lo acompaña con gaita ¡Tremendamente insufrible! Preparo la mochila rápidamente porque el ambiente es insoportable y marcho al bar a devolver las llaves. Cuando estoy llegando a él percibo que olvidé el bordón... ¡mierda! Le comento a los del bar la situación y me recomiendan que cuando llegue al local les dé las llaves a los “músicos” para no tener que subir, bajar y subir de nuevo, ya que el Camino continúa por allí. Los “músicos” me vieron dormir seguro porque la sala no tiene puerta y se ve el interior estupendamente desde la entrada, así que prefiero no hablar con ellos por si me da por decirles dos palabras. Dejo la llave introducida en la puerta por su interior. Ellos la verán al salir y la devolverán.

El estruendo infernal me acompaña hasta la salida del pueblo. Debo continuar 9 km hasta Hoya Gonzalo, primero por carretera y, pasada una aldea que queda a la izquierda, tomar una pista de tierra a la derecha. Me sigo encontrando bien y sólo hago una parada bajo una sombra de la aldea.

Llego al pueblo a las 21:15 h. Es evidente que me merezco unas birras. Paso por el bar de la piscina pero lo descarto pues quizá lo cierren pronto. Saludo, como siempre, a todo lugareño que me sale al paso. Frente a la iglesia hay un pub. Tengo que ordenar las fotos y tomar notas. En el pub no hay demasiada luz pero entro para tomar una cerveza. Después ya saldré para buscar un bar normal.

Están poniendo música alternativa que me gusta, pido un tercio, me ubico justo bajo un pequeño foco situado sobre la barra y decido esperar aquí las dos horas que restan para que aparezca el padrino.

Hoya Gonzalo pertenece a la provincia de Albacete. En esta provincia he estado ya varias veces pero nunca he escuchado aquí al grupo que más oigo en casa durante los últimos años: Mercromina, grupo albaceteño. Le digo a la atractiva camarera que si me pone a Mercromina me la como a besos. No entiendo lo que me responde pero se dirige al ordenador y en breve... ¡Música celestial! Se me ponen los pelos de punta. Al acabar la canción suena otro grupo diferente, después otro, pero tras ello...:

http://www.youtube.com/watch?v=EoYUMVJ3Yg0

Casi se me saltan las lágrimas. Por fin escucho a Mercromina en la provincia, aunque sea en grabación. Es una de mis canciones preferidas del grupo. Mi preferida no he parado de tararearla desde que entré en la provincia y no lo haré hasta que la deje:

http://www.youtube.com/watch?v=tZF9RuhLMlc

“Escuchar”esto en medio de la nada me sublima sobremanera. Es una de las canciones más completas y rotundas que escuché nunca y su rotundidad crea un ambiente en mi cerebro totalmente discordante con la llanura albaceteña, la tan famosa Mancha. La soledad del Camino, lo ardiente del paso, el recuerdo insistente de la canción que destroza toda observación mundana. Mis neuronas eyaculan con esto, se crea en el ínfimo, y a la vez vasto ambiente que me rodea, un inframundo de sensaciones tremendamente enervante. Yo y mis placeres sencillos.

Tras descender del cielo después de escuchar a Mercromina, el foco del pub apunta a la libreta que saqué para mis tareas aún no realizadas. Ordeno las últimas fotos mientras me sirven el tercer tercio. No llego a tomar notas. Me están poniendo tapas para picar con las cervezas. El pub es familiar. Aparecieron los padres de la chica y fueron a la cocina. El camarero que está desde el principio es su hermano. Mantengo una conversación con la chica sobre grupos alternativos y con el chico sobre qué visitar en el noroeste peninsular, ya que lo desconoce y en setiembre viajará allí con su mujer.

Me despido de ellos muy agradecido y voy al punto de encuentro que concerté con el padrino. Llego 10 minutos antes (a las 23:20). Aprovecho para cenar, que aún no lo he hecho, pan con mortadela que compré hace dos días. Lo devoro y aparece el padrino, que conversa por teléfono con Manolo Aliaga, al que no puedo saludar por tener los dos carrillos ocupados. De nuevo conejos por la carretera (he de decir que durante mis pasos he visto muchísimos y no dejaré de verlos) y ya estamos otra vez en Alatoz. Vamos al bar e intentamos conversar con los presentes pero los dos estamos muy cansados. Decidimos ir a dormir en breve. Me acuesto pasada la 01 a.m.

 

Jornada 6ª: Hoya Gonzalo – Chinchilla (unos 17 + 4 km)

La colada (¡aleluya!)

He dormido mal durante las 6 horas disponibles. Me dolían las corvas y no cogía la postura idónea. Me levanto, pues, con mucho sueño. El padrino me restituye a Hoya Gonzalo. Allí cargo 2 litros de agua en una fuente parloteando con agradable barrendera. Me prometió Pedro Antonio darme algo para almorzar, pero lo olvidó. No importa porque aún me queda pan con mortadela y parte del almuerzo que me dio el día anterior (algo de salchichón y un par de naranjas). El pan es el típico de pueblo y aguanta más. La mortadela... parece que resiste el calor... todavía.

Mis piernas ya están en marcha sobre pistas de tierra parcelarias que no me abandonarán hasta Chinchilla. Me encuentro bien aunque no haya dormido en condiciones. La autovía y su ruido quedan a la izquierda algo lejos, así que la tranquilidad es y será mi compañía durante la jornada. Día totalmente despejado para variar. El viento empujará más y más saludándome de frente. Casi nada de sombra.

Tras unos 5 km finiquito el pan con mortadela. Más adelante me topo con una aldea que queda a mi derecha. Hay que continuar recto (aunque no exista señal en un cruce) dejando el monte, igualmente, a la derecha.

Otro rato de pista parcelaria y me encuentro de frente con la autovía. Debo circular, ahora, por su vía de servicio. Aprovecho una sombra para aliviar mis pies, pues me arden, quitándome calcetines y botas. Acabo con las provisiones existentes. Chinchilla está a 1 km. Durante el descanso reflexiono lo siguiente: En seis días de andadura no he tomado notas de mis andanzas, dato importante pues no me fío de mi depauperada memoria... He caminado cuatro días con una camiseta y dos con la que me regaló el padrino, siendo el mismo caso con los dos pares de calcetines que porto. El pantalón corto lo llevo puesto los seis días... ¡Sí, hoy he de lavar la ropa por narices! Ahora sí que me encuentro cansado... Es más allá de mediodía y el calor es abrumador... De Chinchilla restan aún hacia Albacete otros 17 km... Puedo hacerlos, pero no tendré fuerzas más tarde para las tareas ya obligadas...

Cuando realicé el tramo del Camino del Sureste entre Alicante y Toledo me quedó pendiente la etapa anterior a Albacete, esto es, Pétrola – Albacete, de unos 37 km. Durante esta etapa Chinchilla queda muy cerca. Como en noviembre tendré que venir a Albacete para ver a La Real (etapa que ya he realizado actualmente y, con ello, he completado todo el trayecto del Camino del Sureste.), decido posponer el trayecto Pétrola – Chinchilla – Albacete. Creo que es sabia decisión: Primero para poder lavar y tomar notas y, segundo, para descansar con holgura, ya que he sufrido bastante con el calor y mis pies, además, protestan enérgicamente. Hoy toca, por fin, jornada de “descanso”.

Decidido a posponer el trayecto hacia Albacete, entro en la bella localidad de Chinchilla con alegría. Cerca de la Plaza Mayor pido un refresco y hago unas llamadas, pues no hay acogida oficial en la capital albaceteña.  Pedro Antonio me dio el nº de teléfono de un peregrino de Albacete que acoge sólo a peregrinos conocidos o recomendados. Éste me cuenta que me acogería,  pero no es posible pues está fuera de vacaciones. Tras ello telefoneo a Álvaro, el presidente de AJAB, asociación capitalina albaceteña del Camino, para que me busque una solución, ya que no puedo permitirme pagar pensiones durante el mes. Me explico: Aparte de los 60 euros que me gasté en el viaje desde mi casa hasta Alfafar, disponía al salir de 500 y poco euros y, calculando los precios, grosso modo, de los tres autobuses interurbanos que cogeré en el Camino, sólo tengo para gastar unos 450 euros. Dichos 450 euros entre 30 días hacen un total de 15 euros diarios para gastos varios. Si hubiese comprado la Guía del Camino de Levante (20 euros) y si me gasto demasiado en pernoctar, la cifra se reduciría y, al menos, no estoy dispuesto a no disponer del pequeño lujo de tomarme mis 3 ó 4 cervezas diarias tras las intensas jornadas ardientes ¡Sin mis cervezas NUNCA! Este último punto es innegociable. Es por ello que ya me he buscado la vida para pernoctar gratis y para seguir haciéndolo durante lo que me resta de mes.

Álvaro se muestra muy amable y, al poco, Ana, su mujer, me llama explicándome los horarios de los autobuses entre Chinchilla y Albacete, añadiendo que Álvaro me esperará en la estación de autobuses de Albacete. El próximo es dentro de 40 minutos, a las 15 horas. A la parada que voy y allí que espero con calma. El autobus llega más de 5 minutos adelantado y se marcha inmediatamente, así que menos mal que no llegué justo un poco antes porque no lo hubiera cogido.

Desde mi plaza oteo el secarral que me estaba destinado para por la tarde. Confirmo mi decisión acertada: Ese tramo puede esperar hasta noviembre.

Álvaro viene a pie y vamos, a su paso aceledarísimo, hasta la pensión, que tiene un precio concertado con AJAB: La asociación paga la mitad y el peregrino la otra (10 euros cada). Dentro de lo malo (he de pagar por dormir) no es un precio elevado ni mucho menos. Pienso en las cervezas que no podré tomarme... ¡Ay!

Tras una larga ducha intento echar la siesta sin conseguirlo. Estoy cansado, como casi siempre, pero he de trabajar: La supercolada me espera impaciente. Le pregunto a la chica de recepción que, por cierto, es una rubia escultural, si puedo disponer de un baño durante una hora. Mi intención no es molestar pero, indefectiblemente, tengo que lavar mi ropa en un lavabo (ya me ha dicho ella que no hay pila). Me espeta que sí, que restan un par de horas para que empiece a desembocar el público consuetudinario en la pensión, consistente en obreros. Le pido una cuerda para colgar la ropa en la terraza y no tiene. Más de una hora tardo en lavar toda la ropa sucia en el lavabo de un baño compartido. Cerré la puerta para no montar escándalo, por si alguien sesteara, y los litros de sudor que han corrido por mi espalda han sido incontables. He de ducharme de nuevo ¡Aleluya, ropa limpia!

Rocambolesca e ingeniosamente (cuando la necesidad aprieta...) fijo las prendas en varios recovecos de la terraza. El puzzle ha quedado original.

Tras el trabajo físico hay que estrujarse la sesera. Como la pereza intelectual también me embarga, sólo tomo notas de los tres últimos días (4ª, 5ª y 6ª jornadas), dejando las tres primeras para un futuro próximo, algo que no se cumplirá hasta que regrese a Sevilla.

He quedado con Álvaro y Ana a las 20 h para ir a cenar. Llegan andando y me acompañan a un cajero (por el que tengo que pasar necesariamente, pues sólo me quedan unos 20 euros en la cartera), damos un paseo por las calles de Albacete, donde nos tomaremos algunas fotos (en una de ellas creo que se me ve un testículo, pues poso agachado y nunca llevo calzoncillos en el Camino estival, detalle que en un futuro me dirán que, afortunadamente, no fue tal) y me llevan, primero, a tomar una cerveza cerca de su casa y, después, a cenar en el bar de enfrente. Parece que estoy en Sevilla: Calamares, ración de pescaíto frito, caracoles, tercios de Cruzcampo, camarero que nació y vivió en mi barrio... ¡como en casa! Nos acompaña otro simpático peregrino, ahora inactivo, de la capital albaceteña. Conversaciones agradables. Ana se monda con el detalle del testículo. En fin, gratísimo rato. Me regalan una camiseta con una leyenda de su asociación y me despido sin intentar pagar nada (craso error que percibo caminados 5 minutos). Pienso regresar a “desfazer el entuerto”, pero seguro que los veré en otra ocasión, quizá en noviembre.

Debo cruzar ahora Albacete de punta a punta. Tengo el estómago llenísimo y camino en chanclas. Unos 20 minutos de paseo. Por fin en la pensión y me acuesto a medianoche.

 

Jornada 7ª: Toledo – Rielves (unos 25 km)

Sobre reclamaciones y peniscopios

He tomado el bus Albacete-Toledo, matrícula xxx, a las 7 a.m. del día 06/08/09. El conductor, mientras esperaba que entrasen los pasajeros, fumaba dentro del mismo, estando prohibido. No existen cinturones de seguridad dentro del vehículo salvo para el conductor. Sólo íbamos dos pasajeros. Como tenía mucho sueño me dirigí a los asientos de atrás y, a unos 15 minutos de partir, me he tumbado, sé que incorrectamente, ocupando los 4 asientos de atrás, descalzándome previamente. Casi a punto de dormirme y el conductor frenó bruscamente, provocando que casi rodara por el suelo,  ya que faltan dos parejas de asientos a la derecha y que, por ende, me lesionara con casi absoluta certeza. Tras ello, y parado el automóvil, ha venido hacia mí indicándome,  con brusquedad,  que me calzara y que no podía tumbarme. No conozco ninguna norma escrita que prohíba descalzarse en los autobuses de línea.

Ésta es la reclamación que he puesto, nada más arribar a Toledo, en la empresa del autobús que me ha traído a la ciudad.

Me he levantado a las 6 a.m., habiendo podido dormir sólo 6 horas. Mi cuerpo está limpio y mi ropa, al fin, también.

Podría haberme enfrentado con el desagradable conductor en el bus, pero he optado por rumiar mi venganza. No me ha tirado al suelo de milagro el maldito cabrón. Para otra vez se lo pensará dos veces.

Me estoy retrasando, pero no me preocupa pues la jornada no será larga. Desayuno en un bar enfrente de la estación de autobuses, lugar que vio, hace algo más de un año, cómo desembocaron mis pasos partiendo desde Albacete por el Camino del Sureste. Es por eso que he cogido el autobús.

Una cuesta rompedora me conduce a la Puerta de la Bisagra, referencia para abandonar la ciudad. No tengo provisiones, así que lleno los necesarios 2 litros de agua y compro pasteles, fruta, pan y algo de charcutería. Me desoriento algo al intentar encontrar el camino paralelo al Tajo. He de preguntar 3 veces. Unos obreros me desean buen viaje.

El camino paralelo al hermoso río que me acompaña a mi izquierda dura poco y desemboco en una carretera asfaltada. Ésta tiene mucho tráfico de camiones, ya que existen dos canteras durante su recorrido de 9 km. Voy por el mínimo arcén sacudiéndome el polvo que levantan los camiones. Hay bandadas de aves rapaces y de aves migratorias que me alegran la vista. El calor,de nuevo, es agobiante y las sombras escasean sobremanera. El Camino me conduce a una finca llamada Estiviel. No es necesario adentrarse en ella como indican las señales. En la bifurcación que da entrada a la finca tenemos dos opciones: Seguir recto hacia ella o tomar hacia la izquierda, dirección Vega de la Cruz. En la finca hay cientos de conejos, está muy sombreada, pero la señalización es precaria. No he visto una flecha que me mandaba a la izquierda y he seguido recto. Menos mal que me he tomado un descanso al final de ella y he parado a un coche para corroborar la dirección. Un jornalero eslavo es el único ocupante del vehículo. Me pregunta si me dirijo a San Sebastián... ¡Si yo le contara! Nos reímos con su error y me informa del camino correcto, haciéndome saber que más de un peregrino, anteriormente, se ha equivocado en este punto. Me despido muy agradecido.

Retorno y, efectivamente, una señal algo oculta me conminaba, entre las casas, a continuar hacia la izquierda. Hay unos aspersores a la vera del Camino que riegan maíz. Me ducho varias veces sin parar de reír.

Tengo información de que debo cruzar el río Guadarrama por un puente. Me alegra esto porque me voy a dar un baño, sí o sí. Rectas larguísimas entre fincas bien cuidadas y desemboco en el río. Observo que no viene crecido. El calor es, ahora, tremebundo, pero soy feliz porque el baño es inminente. De cara al río no hay señalización, mas observando acá y acullá decido tomar a la derecha. Al rato, una señal me confirma la correcta dirección ¿Y el puente? El cansancio y el calor me están matando ¿Y el puente? Pienso meterme al río atravesando en plan salvaje la elevada maleza. Me contengo ¿Y el maldito puente? Pienso de nuevo lo mismo. Vuelve a vencer la paciencia ¡Por fin el dichoso puente! Algún vehículo pasa sobre él, pero me voy a bañar aquí mismo. Atravesado el tan deseado puente giro a la izquierda y tomo un senderín que me devuelve al río. Desde el sitio en el cual me ubico se me ve desde el puente. Sigo unos metros por la ribera y encuentro una exigua playa. Hay una tumbona cerca y ropa encima de ella. Alguien ha hecho refugio del lugar. Da igual. Me lío un cigarro, me desnudo completamente y me meto en el río. El cauce no tiene mucho más de un palmo de altura. Con la cabeza en una roca, y fumando, saboreo el discurrir de las aguas por mi cuerpo. Me río porque el peniscopio asoma entre mis piernas sin ánimos de refrescarse. Me doy la vuelta varias veces. Más de media hora permanezco permutando posiciones. Dichoso, salgo del agua, me seco con la brisa, como algo y sigo mi camino.

Los últimos kilómetros discurren por pistas parcelarias de rectas interminables sin apenas sombra. Menos mal que me he dado el baño, pero ya el agua que porto arde y me entra más sed al beberla. Mis pies son puro fuego. Tengo que parar dos veces, una a la entrada del pueblo, porque la quemazón es insufrible. No entiendo por qué me arden tanto los pies, algo que no me ha ocurrido nunca antes.

El primer bar que me sale al paso en Rielves está cerrado, mas tiene una máquina de refrescos en su puerta. No hay cerveza, así que compro un refresco de naranja que bebo en dos tragos. Busco la iglesia, pues se supone que existe albergue parroquial. El cura no está y me indican que la casa del alcalde está al lado. Cierto es. Tampoco está el alcalde. Un hijo de éste me conmina a regresar más tarde. De acuerdo. Me dirijo a un bar que dejé atrás para tomarme unas cervezas durante la espera.

En el bar mantengo conversación fraternal con lugareños de mi edad. He trocado las botas por las chanclas. Al rato, un hombre de unos 60 años se interesa por mí. Es madrileño y madridista no forofo, tiene un hijo que es de la Real y otro que quiere hacer el Camino, así que tenemos temas afines para conversar. Me está encantando charlar con él. Es muy tranquilo y me transmite mucha paz. Le informo lo mejor que puedo de los caminos a Santiago existentes, sugiriéndole que su hijo salga desde su casa, ya que el Camino de Madrid es hermoso, apacible y aún no concurrido. Me da ánimos para mi equipo de fútbol, pues según él (opinión que comparto, ¡cómo no!) no se merece estar en segunda división por varias razones. Los pies me siguen agobiando mucho y los masajeo mientras dialogamos. Me paga las dos cervezas consumidas, intento invitarle yo a algo, rechaza y se marcha.
La camarera del bar me informó de que el cura debe aparecer, pues tiene misa a las 20 h. Me tomo otro tercio y entro en la iglesia a las 19:40. He dejado la mochila en el bar. Sí está. Es un hombre de mi edad y me pregunta si voy a Santiago. Asiento. Tengo la boca pastosa y me huele el aliento bastante a cerveza... Acto seguido me conmina a esperar, pues va a por las llaves del albergue, que está anexo a la iglesia. Regresa, me abre el albergue, me ofrece algo de comida, me enseña el lugar y se marcha rápido para preparar la misa. Eficacia absoluta. Le doy las sentidas y sinceras gracias.

El albergue dispone de dos literas. Tiene servicio, pero el lavabo está averiado. En un trastero/cocina hay un lavadero donde aseo todas las partes de mi cuerpo gracias a mi flexibilidad con las piernas, flexibilidad que adquirí cuando mi torso estuvo inyesado tras la operación que me hicieron en la columna vertebral cuando tenía 18 años.

Trasiego muchísimo, engullo la lata de ensalada que me dejó, también algo que me resta y salgo para llamar a mi hermana Karmele, peregrina guipuzcoana que conocí en el Camino del Norte y que se decidió a acompañarme durante, aproximadamente, 10 días. Habíamos quedado, más o menos, en encontrarnos en Ávila. Según mis cálculos puede acompañarme desde ahí hasta la frontera con Portugal. Pues no, se lo ha pensado y prefiere empezar y acabar su camino en capitales de provincia, así que en 2 ó 3 días viajará hacia Toledo y caminará hasta Zamora. No la entiendo. Me había repetido que deseaba acompañarme, pero ahora, a última hora, decide lo contrario. No estoy enfadado (aunque ella lo cree así), simplemente estoy perplejo.

Los pies me siguen doliendo bastante. Llevaba algunos días en los que me estaban avisando, pero hoy ha sido demencial. Karmele me ha sugerido que quizá el dolor sea producto de las botas. Estas botas las estrené en Semana Santa haciendo el Camino Interior Vasco y no tuve problemas. No lo entiendo y estoy muy preocupado. Seguiré caminando hasta Ávila. Si el problema permanece, allí optaré por abandonar mi periplo. Es dura elección pero sabia: No voy a destrozarme los pies.

Antes de las 22:30 h estoy soñando con los angelitos peregrinos.

 

Jornada 8ª: Rielves – Escalona (unos 34 + 3 km)

Esos bichitos saltones

Hoy he podido dormir, tras varios días sin hacerlo, algo más de ocho horas... ¡SÍ!... y es que entre una cosa y otra no he descansado en condiciones. Las etapas no han sido largas, pero ésta lo va a ser un poco aprovechando la coyuntura. Dispongo de acogida en Novés (a 15 km), Quismondo (a 23) y Escalona (a 34). Más allá está Cadalso de los Vidrios a 54 km.

Los caminos del Sureste (parte desde Alicante) y de Levante (lo hace en Valencia) entroncan en Albacete. Desde esta última capital van casi siempre juntos hasta Toledo. Desde Toledo hasta Medina del Campo, donde se bifurcan para, el primero, desembocar en Benavente y, el segundo, hacerlo en Zamora, no van juntos desde Rielves hasta Escalona y desde esta última población hasta Cebreros. Así pues, en Rielves, he tenido que tomar una decisión: Seguiré hasta Cebreros por el Camino del Sureste, primero para informar a mis benefactores de Alicante y Novelda sobre la situación actual del ramal y, segundo, para seguir los pasos de mi fallecido hermano Antonio Gómez:

Camino del Sureste, de Alicante a Finisterre

Aquí podréis comparar mi periplo con el suyo. Él hacía más kilómetros teniendo unos 20 años más que yo. Una máquina y una gran persona. Lo echo de menos.

Ayer no hice apenas fotos porque no me di cuenta que la batería del móvil se estaba agotando. Hoy la cargué de nuevo. Al menos el hermano Tajo salió retratado, aunque jugando al escondite.

Me he levantado a las 7 a.m. No apunto bien a la hora de obrar en el wáter y me lleva un rato la limpieza. Tras ella perfumo el servicio con lo que encuentro: Limpiacristales.

Parto a las 8 y, de momento, el ambiente es fresco. Cruzo la vía del tren y hallo la bifurcación de caminos: El de Levante se dirige hacia Torrijos, a la izquierda, y el del Sureste recto, hacia Novés. Dentro de la asociación de Valencia aún no tengo amistades, en las de Alicante y Novelda muchas. Pero esto no quita que sea objetivo con los detalles que no me gustan: Deberían haber puesto un poste como el que divide los caminos tras la Finca El Carrascal, esto es, simplemente señalizando las dos opciones y el kilometraje. Pues no. No me agrada que mis amigos de Alicante/Novelda hayan puesto, además de señalizar la bifurcación, varios postes indicando que “ El Camino a Santiago” sigue recto. Eso, subliminalmente, puede conseguir que el peregrino indeciso se decida por este ramal y no el otro. Es cierto que en su web indican que existe la bifurcación (los de Valencia no), pero in situ...

Algo molesto por esto sigo recto. En los primeros cruces no existe señalización. Tanto poste y tan poca pintura. Al menos tengo información versada en subir una loma. Hacia ella me dirijo. Dejo un basurero a la derecha y voy curveando hacia la izquierda. La señalización sigue siendo precaria, y esto será así hasta Cadalso de los Vidrios.

Tras una hora de marcha me paro a descansar bajo un olivo, pues ya vuelven a arderme los pies. En esos momentos me llama mi padrino. Me quejo de la señalización y le comento lo de los pies. Comparte con Karmele la opinión que deben de ser las botas. Asimismo me ruega que, al pasar por Novés, no deje de saludar a Daniel, un particular que ofrece una casa propia a los peregrinos. En Huecas me aflojo los cordones. Ojalá que esta medida solucione mi gran problema.

Hallo en breve unos postes señalizadores construidos por Eladio, el párroco de Novés. El trayecto es bastante tranquilo y deambulo con calma, pues los pies aún protestan.

En Novés lo primero que busco es un bar. En éste tomo un refrigerio necesario. Pregunto a unos abuelos por la casa de Daniel. Me indican amablemente y hacia allá parto. El tal Daniel, hombre de unos 65 años, tiene una cara de bonachón tremenda. Le saludo en nombre de mi padrino y de Antonio Gómez. Los recuerda. Quiere invitarme a algo, pero rechazo pues recién almorcé. Aparece su mujer con una de las sonrisas más angelicales que en mi vida vi. Me conminan a quedarme en el pueblo, mas debo seguir. Me cohíben sus miradas tan resplandecientes. Humildemente les doy las gracias en nombre de todos los peregrinos y marcho como hombre nuevo. Los ángeles existen, no tienen alas, sí sexo, te miran francamente a los ojos y tienen manos para besárselas.

Saliendo de Novés hay una fuente con un letrero que indica que el agua no es potable. En una cantidad ingente de pueblos he visto durante mi vida el mismo letrero. Tengo entendido que los ayuntamientos se curan en salud por no estar el agua tratada, pero que al agua no le pasa nada. Yo casi siempre bebo sin pensármelo dos veces, mas esta vez me da por preguntar a una mujer. No me recomienda beber. En su casa me puede dar. Pienso fugazmente en una invitación intrínseca, pero no sé por qué rechazo la idea. En fin, que se lo agradezco y parto. A un centenar de metros un hombre riega plantas con una manguera, me paro ante él y me confirma que el agua que usa es potable y que la de la fuente también... Charlamos un rato y cargo agua.

Ya voy en dirección a San Silvestre, donde pienso comer cualquier cosa. El calor alterna, a veces, con una benigna brisa. Algunos cruces están señalizados y otros no. Debo prestar atención y tirar de intuición, aunque San Silvestre se otea perfectamente en lo alto. Al vadear un río me parece ver un urogallo. Nunca vi ninguno. Creo que éste lo es. Como son tas escasos sonrío.

San Silvestre no es un pueblo: Las dos únicas edificaciones son un castillo en ruinas y una finca particular, así que debo esperar para comer. La hambruna y el calor aprietan y llego bastante fatigado al bar de la plaza de Quismondo. Le hago saber al camarero que tengo bastante hambre. No tiene nada para comer salvo los pinchos que acompañan a la cerveza que ya me estoy tomando. Carga hasta los topes de los pequeños platos primero, salchichón y, después, un queso riquísimo. En un rincón, donde hace una corriente embelesadora, me calzo las chanclas y disfruto de las cervezas y de las tapas. En el bar está un chico algo retrasado con la mano dolorida. Arguye que acaba de liarse a hostias con dos que le tocaban las narices.

Aparece la familia del amable camarero para comer en una de las mesas. Se me van los ojos hacia las chuletas... ¡Ay! Me tomo un helado y un café y, antes de partir (ya llevo más de una hora en el bar), intento corroborar una información que me dio Álvaro en Albacete: Él se perdió en el tramo que me resta hasta Escalona y me describió lo mejor que supo dónde cometió el error. En el bar no me pueden concretar con exactitud cuál es el punto conflictivo, pero me detallan excelentemente el principio del trayecto.
Me despido muy agradecido. Al salir del bar entra la Guardia Civil, supongo que en busca del chico retrasado. Ya en el Camino observo las señales negras del grupo de Alcantarilla, señales que ya echaba de menos. Cruzo la autovía por un paso elevado, giro a la izquierda y tomo el primer camino a la derecha. De momento las explicaciones son acertadas, pero al rato llego a un cruce en T. Percibo unas señales antiquísimas que me hacen tomar a la izquierda. Al poco unas señales semejantes me guían hacia la derecha. Si tomo por ahí desembocaré primero en una finca. Álvaro me habló que, tras pasar una finca, desembocaría, al cabo, en un camino sin salida. Dudo y llamo a mi hermano José María, de la asociación alicantina. No me responde. Tras reflexionar un rato no tomo esa vía y sigo recto. Al poco sale otra, también a mi derecha. En una torre de electricidad están las flechas negras, así que es por ahí. Sigo por pistas sobre monte bajo. En varios cruces no hay señales. Por intuición y suerte acabo reencontrándolas.

Me llama mi amigo Antonio para darme las últimas noticias de mi equipo de fútbol y para interesarse por mí. Me da recuerdos para la carrasca que me presta su sombra. Al rato paro a descansar bajo un pino y un par de avispas aterrizan una y otra vez sobre mi cuerpo. Si no hago movimientos bruscos no pasará nada. Así lo hago pero, como los ejercicios de vuelo son asaz persistentes, acabo por levantarme y continuar la marcha.

No vislumbro Escalona y  la poca agua que me queda ya arde. Paso junto a una urbanización. Decido pedir agua pero, como el sol aprieta ahora, no hay nadie a la vista. Al final de los chalés un hombre riega las plantas y le suplico algo de agua. Se dirige hacia la casa y vuelve con una botella fría de medio litro. La trasiego en un trago y se queda estupefacto. Me pregunta si quiero una cerveza, pero le ruego más de lo mismo. Trae otra botella de medio litro. Bebo un poco y sugiere que me lleve el resto. Acabamos charlando un ratillo y parto hacia Escalona, lugar que ya diviso a lo alto.

Por fin la entrada a Escalona. En primer lugar una gasolinera llamada Farruco. Me río porque existe una expresión popular que clama: “No te pongas farruco”. Hay que cruzar el río Alberche por un puente donde los coches deben esperar, por señales de tráfico, a que ultime su trayecto el de la dirección contraria. Pues no, aquí pasan muy justos unos y otros en ambas direcciones sin respetar la señal de tráfico. Las flechas amarillas (que aparecieron en abundancia, milagrosamente, llegando al pueblo) me indican que cruce ese puente, así que allá voy. Hay algún automovilista que se queja de mi paso, pero no hay señal que me lo prohíba, más bien todo lo contrario. Les amenazo con la mirada y sigo como si nada. A veces me pasan rozando y otras tengo que sentarme en el muro del puente para dejarles paso. Tendría que obviarles y pasar por encima de ellos, con razón, pero como hay mucho imbécil suelto he decidido no provocarles.

Arribo al pueblo tras duro repecho y busco a la Policía Local, pues ellos tienen la llave del albergue. No los localizo y llamo al 112 (teléfono de urgencias) para preguntarles su nº de móvil. No lo tienen. La persona de urgencias que me coge el teléfono es bastante desagradable. Voy a un convento a preguntar si acogen y la respuesta es negativa. El albergue municipal está al lado del cuartel de la Guardia Civil, así que hago de tripas corazón y me dirijo hacia allí. Un guardia llama a los municipales en asueto y éstos le comentan que se pasarán cuanto antes. El agente me invita a pasar a la sala de espera. Noto que mis pies no huelen precisamente a rosas. Él , sin decirme nada, abre las ventanas. Más de media hora tarda el municipal en llegar al cuartel.
Nos dirigimos al albergue y me hace entrega de la llave. El local dispone de 4 colchonetas y baño completo. Me ducho con parsimonia y me dirijo al pueblo (ya que el edificio está a las afueras) para cenar. En un bar me tomo un tercio y pido un pincho de aliño. La camarera, esperpénticamente, me pone sardinillas en aceite. Da igual.

Me da por ir a visitar el castillo y ver si puedo cenar en condiciones por los alrededores. Un par de restaurantes. Uno de ellos parace caro y en el otro, donde pregunto, no tienen menú por la noche, así que pido, finalmente, un bocadillo de lomo que riego con abundante cerveza. A mi lado un obrero payo y un gitano hablan sobre cannabis y el payo le pasa una tableta de hachís al compadre.

Reconfortado por la cena regreso al albergue. Como no hay almohada improviso, como siempre, cuando no dispongo de ella, una con ropa. Pero esta vez no me convence el bulto. Hay una manta en el local. Me la pongo de almohada cubierta por una camiseta. Hace intensísimo calor y la persiana próxima está bloqueada. Intento abrirla del todo. No puedo. Acabo poniendo un cubo entre ella y el alféizar, pero sigue estando más cerrada que abierta.

No puedo dormir por el ambiente tórrido. Noto que me están dando varios picotazos por todo el cuerpo. Pienso en mosquitos. Intento dormir. Sigo sin conseguirlo y los picotazos no cesan. Reintento y el mismo resultado. Al rato me da por quitarme los tapones de los oídos y oir los zumbidos de los mosquitos. No hay zumbidos. Entonces... entonces... entonces es que la manta está minada de... ¡PULGAS, LA HOSTIA! Me desembarazo de la manta (que seguro provendrá de los calabozos del cuartel, donde no suelen guardar la debida higiene). Los picotazos, sin embargo, permanecen. El intenso calor también. No sé a qué hora consigo conciliar el sueño.

 

Jornada 9ª: Escalona – Cadalso de los Vidrios (unos 20 + 2 km)

Una tarde en el polideportivo

Como todos los días, me levanto con un dolor, ya sea nuevo, veterano, o los dos a la vez. Los pies, un cuádriceps, la espalda, un hombro...  Además, desde hace unos meses, sé que padezco psoriasis invertida. Consiste en un tipo de psoriasis detectada en las zonas húmedas, léanse axilas e ingles primordialmente. La enfermedad la vengo sufriendo y descubrí hace unos 15 años pero, después de ir a muchos dermatólogos, uno al fin supo su origen. El sudor intensifica las escamas así que, cuando camino en verano, evidentemente, estoy peor. El picor me acompaña siempre. Tengo hoy, además, bastante sueño, pues las pulgas y el calor han hecho mella en mi descanso.

Las etapas que vienen a continuación son muy cortas según la acogida: 22, 21, 19 y 23 km. Álvaro, en Albacete, me recomendó no doblar ninguna porque algunas son cortas pero duras. Yo, de momento, voy hacia “Cadalso”. Si me encuentro bien seguiré hasta Cebreros.

A las 7:30 estoy saliendo del pueblo por una calle paralela a la carretera que une Escalona con Paredes de Escalona. No llevo provisiones y busco un bar abierto. Durante el trayecto percibo que no existe, así que tendré que desayunar en Paredes. No hay problema, pues sólo dista 5 km.

Ya tan temprano y gente que pasea por la carretera. Es un tanto desmoralizante que la gente en los pueblos pasee normalmente sobre asfalto. Y lo es aún más cuando los abuelos, si les preguntas por caminos que unen poblaciones, y que siempre estuvieron ahí, te aconsejen la carretera. Se está perdiendo el uso de los caminos de tierra, los de toda la vida, los que los ayuntamientos no limpian para el disfrute vecinal. Es muy triste ver a gente paseando cerca del maldito ruido y la maldita polución de los coches.

El asfalto es bastante nuevo y los arcenes están limpios. Soy el único paseante que aprovecha el mínimo arcén de tierra. Los demás caminan sobre el asfalto, asfalto que desprenderá un calor espantoso en breve y que machaca las plantas de los pies ¡Para ellos el asfalto!, yo prefiero la suavidad y hermandad de/con la tierra.

El último km hacia “Paredes” es por pista de tierra. Ello me relaja. A unos paseantes, que alcanzo a la entrada del pueblo, les pregunto sobre la existencia de bar o tienda. Me comentan que la apertura del bar es matutina e indefinida, pero que la tienda la abren a las 9. Son las  8:35. Debo abastecerme, así que me siento descalzo en la plaza a la espera de la apertura de la tienda. Pregunto a unos lugareños sobre la salida del pueblo y los primeros kilómetros en dirección a Cadalso, ya que no lo tengo muy claro. Discuten largo y tendido entre ellos. Sólo entresaco la certeza de la salida.

En la tienda, aparte de pan, fruta, pasteles y algo de charcutería (mi compra habitual) debo comprar agua, ya que me dicen que la fuente está seca. La tendera, recia y aún joven, hace por mostrarme su escote bien firme.

Hasta Cenicientos hay 10 km y tengo, según la información alicantina, dos opciones: Seguir por carretera o, aproximadamente, a 1 km de Paredes, tomar un camino a la derecha. A menos de dicho km veo un paso entre dos lomas allá en lo alto. Una flecha negra de los de Alcantarilla me invita a subir. Flechas amarillas llevo sin ver durante toda la mañana ¡Al monte! Asciendo con agilidad. Ya arriba, y en un cruce en V, no existe señalización... Pito, pito, gorgorito...  La carretera la dejé a la izquierda, así que lo más sensato es tomar el de la izquierda, que estará, obviamente, más próximo a ella. Muy plácida la pista, verdaderamente plácida y muy sombreada. Un auténtico deleite.

Me entristece reencontrar la carretera. Es la misma que dejé en Paredes (lo sé porque tomé una foto y se ve su numeración), así que cojo hacia la derecha. No hay apenas tráfico, existen arcenes aunque exiguos, y aún hay sombra sobre ella. Una granja de avestruces a mi izquierda y al rato un tentadero a mi derecha. Justo tras pasar el límite provincial entre Toledo y Madrid los árboles a mi derecha desaparecen y me quedo sin sombra. El calor ya aprieta de nuevo.

El Camino del Sureste roza la provincia madrileña y Cenicientos es el primer pueblo que me sale al paso. Antes de entrar en él hay una pista a la derecha antes de una curva en el mismo sentido. Desquiciado un poco por el trayecto de asfalto y por la precaria señalización desde Rielves, opto por seguir por él y no arriesgarme a caminar sobre la pista, pues sólo me quedan unos 500 metros para arribar al pueblo.

Paso rápidamente por Cenicientos, sólo parando para cargar agua en una fuente. Me siento bajo un pinar pasado el pueblo. Mientras como dos peras y, tumbado y en quietud casi total, una ardilla, en el pino que me da sombra, está comiéndose una manzana, así que tengo compañía a la hora de comer fruta. Ella no se va hasta que me levanto y parto: - Adiós, hermana, adiós-.

Ahora tengo dos opciones para llegar a Cadalso: La carretera, donde muchos coches están circulando muy rápido, o una vía pecuaria. No hay nadie para preguntar dónde encontraré la vía pecuaria pero aparece, milagrosamente, un abuelo con bastón y a él que me dirijo ipso facto. Una enciclopedia con piernas. Me describe al detalle la vía pecuaria hasta Cadalso, que seguro es el camino de tierra de toda la vida: En breve un sendero parte desde la izquierda de la carretera y, justo tras él, sale otro camino hacia la derecha con bastantes restos de grava y que discurre en bajada y muy empinado. Hay un pequeño mojón rectangular con una franja verde pintada que lo corta.  Ésta es la vía pecuaria. No hay flecha ninguna pero sí unas “setas” blancas y verdes que, de vez en cuando, aparecen al margen de la pista.

La bajada es muy, muy pina. Mis rodillas protestan. Al menos ya no voy cerca de los coches ni sobre el ardiente asfalto. Al rato el camino llanea. Tras, aproximadamente, 3 km, una seta está colocada sobre un camino secundario a mi izquierda. Me extraña que no siga la pista principal. Me adentro en el camino secundario y éste se aleja, de momento, de Cadalso, que lo llevo viendo desde que salí de Cenicientos. Opto por seguir la pista principal. Restando 1 kilómetro, más o menos, hay dos caminos: A la derecha hay un pino y una pista toma a la derecha; a la izquierda otra pista que pasa sobre unas grandes y lisas rocas. El más recto es el de la izquierda. El sol me está matando ¡A saco por el más recto! Acabo dentro de una parcela donde el camino está cortado. Tres hombres trabajan sobre un socavón. Me confirman, como intuitivamente me temía, que debía haber cogido, en el pino, el camino a la derecha. Me río con ellos de mi inquietud por llegar al pueblo. Tras pasar el pino, y por la vía correcta, cojo otro camino secundario a mi izquierda para atrochar sin éxito. Retorno al principal y 2 de los 3 hombres se aproximan en coche. Vieron mi maniobra y volvemos a reírnos. Me dicen que si tengo tantas ganas de llegar me llevan en coche. Rechazo agradecido y riendo; ellos también. Hay marcas, ahora, de la vía pecuaria.

Desemboco en una carretera infernal, pero me queda muy poco por llegar, subiendo, al pueblo. Ya estoy en Cadalso y busco el local de los municipales para indagar sobre la acogida en el polideportivo. En el local llamo al timbre y no me contestan. De momento pretendo dormir siesta aquí. Luego ya veré. Tomo un refresco y un pincho en el bar de enfrente, expectante de la existencia de algún movimiento en el local de los municipales. Hay un coche en la puerta. Es extraño. En el coche leo que para urgencias llame al 112. Me da apuro, porque grave y urgente no es mi caso, pero acabo llamando. Los de urgencias me hacen esperar y sale del local un policía municipal algo adormilado. No se enteró de que llamé al timbre. Es novato y no tiene ni idea de lo que le cuento, así que llama al alcalde. Éste le ordena que se me acoja en el polideportivo. Acto seguido el policía llama al encargado del polideportivo, que no coge el teléfono. La instalación la abren a las 17 h y son apenas las 14:15. Sopesando los inconvenientes decido pernoctar aquí, pues necesito una siesta, el calor aprieta de lo lindo y me restan 22 km hasta Cebreros. Mañana intentaré doblar etapa. Me voy a una plaza donde tomo tres celestiales cervezas, acompañadas por ingente plato de ensaladilla. En la plaza existe algo que pretende ser mercado medieval. Un “mago” vende bolitas que, si se chocan entre sí, explotan... ¡500 veces! Muchos niños pasean con las bolitas y con sus explosiones. Los camareros del bar son espectacularmente serios y le hacen la vida imposible a una camarera eslava. Me clavan en la comida.

Sobre las 15:30 llego al polideportivo, ya que no tengo otra cosa mejor que hacer. Éste está a las afueras de la población, junto a la piscina municipal. Tremendo el calor. Me siento aprovechando una breve sombra. Tomo notas de mis jornadas y me tumbo intentando sestear sobre hormigón. No lo consigo y sigo tomando notas. Reintento la siesta. Medio adormilado escucho voces. Una familia está abriendo las puertas del polideportivo. Les saludo de lejos y se extrañan mucho de mi presencia. Me acerco y les explico que soy peregrino y que el alcalde me deja dormir aquí. Como si les hablara en chino. Resulta que el hombre sustituye ahora al encargado del edificio. Llama para confirmar y le dan las indicaciones pertinentes. Me enseña los vestuario, sus duchas y me conduce al tatami, pues allí, según él, dormiré mejor. Le pregunto por la posible existencia de colchonetas y... ¡sí que hay! Insiste en que me lleve también una esterilla que me haga de almohada.

Tras un rato de recelo y escepticismo, la familia al completo ya es mi amiga: Él, gallego. Ella, fina y simpática. Completan el grupo familiar una hija y una sobrina encantadoras de unos 10 años.

Al rato aparece un municipal. Un concejal le ha dado órdenes de que duerma en la piscina y no aquí, así que tendré que trasladar los bártulos y la colchoneta, pues la colchoneta va hoy conmigo, si es necesario, hasta el infinito, ¡faltaría más! Se lleva mi DNI para fotocopiarlo en el local. Me lo devolverá pronto. La piscina cierra los vestuarios a las 20:30, así que a partir de esa hora toca mudanza.

Tras charlar un rato con la adorable familia regreso al pueblo a comprar la cena de hoy y el desayuno, el almuerzo y la comida de mañana, ya que entre Cadalso y Cebreros no encontaré ninguna población. Me la clavan en el supermercado. Definitivamente, y tras corroboración del sustituto del encargado, a posteriori, los precios en el pueblo son elevados. Un litro de cerveza, un par de bolsas y mi persona regresan al polideportivo.

Me paso toda la tarde holgazaneando y charlando, ahora con el hombre, ahora con la mujer, ahora con las niñas, ahora con gente que viene a usar las instalaciones. Parece que trabajo aquí. He notado algún picotazo persistente durante el día, así que alguna pulga habrá emigrado conmigo. Tres niñas de unos 10 años se paran cerca murmurando "tío bueno" varias veces. No, no son ciegas pero como si lo fueran. La mujer se marcha a las 20:30. Acto seguido hago la mudanza. El encargado de la piscina me da a elegir entre el vestuariuo femenino y un pasillo donde hace corriente, por si hiciera calor durante la noche. De momento dejo mis pertenencias en el vestuario. Me deja un juego de llaves, por si parto antes de las 7 a.m.

Regreso al polideportivo a cenar. El encargado sigue ahí. En el botiquín cojo tiritas, pues se agotaron las que llevaba. Saco la cerveza del frigorífico, detalle que me permitió el encargado. La comparto con él mientras ceno. Sólo dos cervezas y él ya habla con la boca pastosa y casi murmurando. Nos hartamos de reír pero tiene que marcharse. Me despido y regreso a la piscina. Son casi las 22 h, no tengo sueño, pero como debería levantarme temprano, me despido de la luz.

 

Jornada 10ª: Cadalso de los Vidrios – San Bartolomé de Pinares (41 km)

¡Torero!

He dormido fenomenalmente. Descansado sí puedo afrontar una larga jornada no, por ejemplo, como ayer. Me he levantado a las 6 a.m. Estoy preparado a las 6:55 pero, como el encargado de la piscina me dijo que aparecería a las 7, decido esperarlo y entregarle las llaves en mano. Se retrasa escasos cinco minutos. No importa.

Me encuentroestupendamente. El dolorcillo de turno, pero nada importante. Mi intención es doblar etapa y llegar a “San Bartolomé”, aunque parece que la segunda parte del trayecto es bastante dura. ¡Vamos allá!

Se sale del pueblo en breve subida por la carretera. Los pies me duelen apenas. El cielo está muy encapotado y hace fresquito. Nada más abandonar el pueblo la carretera discurre en suave bajada. Hoy es domingo y el tráfico es casi nulo ¡Perfecto todo! Unas pintadas recientes sobre el asfalto indican que hubo una prueba ciclista. Reflejan ánimos a participantes y, de vez en cuando, típicos dibujos obscenos que me hacen reír. Vaticino un gran día de caminata (como acabará siéndolo).

No paro de descender hasta pasados unos 7 km, donde me encuentro con el cruce de la nacional Madrid-Plasencia. Algo antes me vinieron a saludar, primero, un mastín vagabundo con no buenas intenciones, al cual hice frente con piedra considerable y bordón, sin producirse enfrentamiento y, segundo, unos caballos curiosos.

Tomo dirección Madrid y en breve está la carretera a la izquierda dirección Ávila. Ya estoy en tal provincia. Erróneamente busco la torre de luz a la derecha que me conducirá por monte. Esa referencia es posterior. Ahora debo seguir por esta carretera, no lo sé y estoy ofuscado. Como es dirección Ávila, continúo durante 1 km. Un ciclista se aproxima de frente. Le hago señales para que pare. Lo hace. Da la casualidad que es peregrino ciclista veterano. De momento me indica que el camino que puedo ver a mi izquiera, tras una empalizada, es la Cañada Real Leonesa y que un terrateniente la ha usurpado. Tras esto me dice que la referencia de la torre está al llegar a otra carretera. Charlamos sobre otros asuntos un ratillo y me despido agradecido. Leo la información que porto y, efectivamente, me he anticipado. Aún no he pasado por los  Toros de Guisando. A todo esto: Tengo unas ganas imperiosas de hacer de vientre. La carretera está sitiada por empalizadas a ambos lados y no hay rincón donde ocultarse.

De tal guisa llego a la Venta Judadera de los Toros de Guisando. No me recreo demasiado contemplando los “toros”, porque la urgencia evacuadora clama al cielo encapotado. Pienso hacerlo aquí mismo. Me contengo pues es un sitio de muchas visitas. Estaría feo dejar un monolito mío al lado de tan ilustres monolíticas esculturas.

Continúo desesperado por la carretera. Menos mal que arribo al objetivo: La empalizada de la derecha se aleja y hay árboles en la ribera de un río seco ¡Por fin!

Tremendamente aliviado, y aún por carretera, llego al cruce de marras que ansié antes. Ahora sí que hay flechas amarillas y negras que lo indican. Acompaña al Camino, que es un tramo de la ahora no usurpada Cañada Real Leonesa, un PR y sus marcas. Tras unos 12 km desde que empecé hoy a caminar estoy, por fin, paseando por el monte y hay que disfrutar del momento. Busco un sitio confortable para descansar ya que, como me he encontrado estupendamente, aún no lo he hecho. Me parapeto sobre unas rocas y almuerzo. En ello estoy cuando pasa por el sendero un paseante viejales. Tras el opíparo yantar me lié un merecido cigarro y fumo tumbado sobre las rocas. El vetusto paseante pasa en dirección contraria, me ve y rezonga algo desagradable sobre fumar porros. Mucha gente cree que fumo porros al ver mis cigarros liados, no es la primera vez que me ocurre. Le contesto con una sonrisa y él se marcha aún rezongando...

- ¡Hostias!, ¡César!... ¡Raúl!
- ¡Pepe!

Han aparecido los dos ciclistas peregrinos valencianos que conocí en su provincia natal. Alucinan con mi presencia y les recuerdo que les comenté que el trayecto Albacete-Toledo lo iba a hacer en bus, pues lo había realizado caminando con anterioridad. Ahora caen y se sientan un rato a conversar conmigo. Son muy buenos chavales. Nos contamos respectivas aventuras y cuitas y nos despedimos, creemos, definitivamente.

El sendero acaba, ¡ay!, demasiado pronto según mis expectativas, desembocando en una carretera. Mas el tramo de asfalto será muy breve: Un camino de tierra me hace cruzar un puente medieval. Al poco tomo otra pista de tierra a la derecha. Cruzo otro puente medieval y ahora la vía es de hormigón. Varias personas cogen moras a mi derecha. Unas me devuelven el saludo, otras (tres mujeres) no.

El sol ya campea, aunque el calor no es asfixiante. Me pasan las tres señoras en coche y se detienen en lontananza. Como no han sido educadas voy a sortear por un sendero el Camino, pues éste me lleva hacia ellas, que están sentadas sobre algo indeterminado. Cuando estoy a su altura percibo que es un abrevadero. Parada obligatoria. Esta vez sí que me saludan y charlamos un ratillo. La de mediana edad llegó ayer de Valencia en tren... yo no... La jovencita está imponente... yo no... Se marchan y cargo agua.

Faltando un par de km hago un receso para comer algo de fruta bajo la sombra de una carrasca en un puente. Saludo a un par de agricultores. Ya hace rato que el cielo amenaza tormenta, y de las gordas.

Llevo un buen tramo sobre llanura, mas los últimos metros hacia Cebreros se materializan en rampas duras. Una calzada medieval me conduce, finalmente, al pueblo. Como porto pan y charcutería busco, en la extensa plaza, una tienda para comprar una lata de cerveza. No la hallo y me dirijo a un bar. Los camareros son simpatiquísimos, me dan una lata y una exquisita tapa de buñuelos de bacalao, todo por un euro. Uno de ellos me dice que no me preocupe porque la tormenta, que ya está sobre nuestras timoratas testas, trae viento y no agua. Esperemos que así sea. Muy agradecido me voy con la lata, con mi cuerpo y demás pertenencias a un banco de la plaza...

- ¡Hostias!, ¡Raúl!... ¡César!
- ¡Pepe!

Han estado comiendo a tutiplén en un restaurante ¡Ay de mí, pobre obrero! Le doy a César el teléfono de la Asociación del Camino de Ávila, por si tuviesen algún contratiempo. No saben si hoy llegarán a Ávila capital, que dista unos 42 km. Yo marcharé a “San Bartolomé”, ya lo tengo decidido. Nos despedimos definitivamente... o eso creemos.

Ahora... ¡a por el puerto!. Las nubes vienen atrozmente cargadas. Ya estoy subiendo el puerto de Arrebatavacas por un sendero de montaña. Las rampas son muy duras y pedregosas. Cae una fina llovizna que no me cala, sino que provoca que me refresque lo justo. Mejor tiempo imposible. Paro un momento para beber agua y continúo ascendiendo. Subo y subo y decido descansar porque quizá lo pague al final del día. Me fumo un cigarro y sigo con la subida ¡Vaya!, ¡desde el cigarro sólo me restaban unos 300 metros para finiquitar el ascenso! Hubiese podido descansar aquí arriba. A veces me sorprendo de la manera tan enérgica con la que subo. Esta vez he ascendido como los ángeles ¡Buena jornada, sí señor!

Ahora toca descenso suave entre pinos. El piso de tierra está bien mullido. Al ver una curva a la derecha, que retorna la subida, descanso para comer pastelitos. Hace algo de fresco y llovizna mínimamente, así que a ascender de nuevo aprovechando el benigno tiempo.

Estas rampas no son tan duras como las primeras. Tengo que pasar entre un rebaño de ovejas, ojo avizor y peñasco en mano, por si aparecen los perros guardianes, ya que al pastor no lo veo. Un helicóptero merodea la zona, supongo que para vigilar cualquier posible incendio a causa de los rayos.

Arribo a una meseta y las vistas son muy hermosas. El cielo encapotado les da un color oscuro especial a las montañas cercanas. Las piernas vuelan solas. Soy feliz.

Bajando de la meseta percibo que desembocaré en la carretera y...

- ¡Ehhhhhhhhh, Rauuuuuuuúllll!

Veo primero a Raúl y después a César. Llevaré caminando unos 9 km. ¿Tan rápidas son mis piernas? Vuelvo a vociferar, pues parece que no me escucharon. Acaban haciéndolo y corro a su encuentro, como Heidi por las montañas de los Alpes o como los recolectores de hachís en los montes cercanos a Chefchaouen, Marruecos.

Me comentan que no es que sean tan rematadamente lentos, es que Raúl ha pinchado. Acabamos charlando y les ofrezco un poco de pan con queso. Nos reímos un rato y nos despedimos definitivamente... o eso creemos.

Ellos siguen por carretera y yo la cruzo y sigo las flechas que, durante todo el trayecto abulense, son recientes y esmeradas. La señalización en la provincia de Ávila roza la perfección.

Leves subidas y bajadas y señales que acercan a abrevaderos por si a uno le apetece beber agua fresca. Alcanzo otra meseta. Me sigo encontrando estupendamente pero... ¡qué es aquello negro que ven mis ojos!, ¿una, dos, tres, cuatro,...?, ¡VAQUILLAS! Se ve que me han oteado antes que yo a ellas y no me quitan ojo. Estoy a unos 200 metros de ellas. Para más inri, el sendero por el que transcurro se dirige hacia ellas. No hay ningún árbol, sólo escasísimos arbustos. Estoy avisado de que las vaquillas y toros bravos huyen de los humanos como casi todos los animales. Sólo hay que seguir como si nada y de ninguna manera citarlas; simplemente hay que continuar la marcha como si no existieran ¡Ya, ya, pero a mí las piernas casi me tiemblan! Me separo una decena de metros del sendero para no llegar a darles un besito en los morros. Estoy acojonadísimo porque ya las tengo a unos 10 metros. Por supuesto no me han quitado ojo. No hay posibilidad de escapatoria. Continúo la marcha. Una de ellas, la más cercana, pega un respingo. Yo también y las demás. Se alejan corriendo. Estoy muy sofocado y me siento en una roca para echar un cigarro tranquilizador. Vislumbro que continúan, más o menos, por donde discurre el sendero que llevo. Las pierdo de vista, empero.

Ya relajado me carcajeo de mi cobardía. Continúo la marcha, seguramente hacia ellas de nuevo. Ahora no hay sendero, voy monte a través. Las señales están en las rocas. Sigo paseando muy feliz. A lo lejos escucho mugidos y al rato... ¡ahí están otra vez! Se han multiplicado en el intermedio: Antes eran media docena, ahora una decena ¡Madre mía, parece que se confabulan contra mi mísera presencia! Ya me están mirando. Ahora la situación es diferente: Una valla de alambres espinados a mi izquierda y un tupido haz de maleza a mi derecha. Entre la maleza estoy vendido. Si salto la valla puedo dejar en ella olvidado un testículo.... ¡Mejor seguir con uno que con ninguno! Ellas, expectantes, están anexas a la valla. Las señales me siguen conduciendo hacia ellas. Estoy a unos 50 metros y cambio de planes: Me aproximo a la maleza para evitar de nuevo darles un besito. 40 metros, 30, 20... no sé si la misma de antes vuelve a dar un respingo. Yo también y las demás. Salen huyendo monte abajo. Una no, una atraviesa la valla no sé cómo y se encuentra, para seguir a las otras, con una nueva valla, que desemboca en la primera, configurando un ángulo de 90º. Yo sigo caminando y ella parece muy asustada. De repente me observa y arremete salvajemente contra la segunda valla. Rebota brutalmente. Otra acometida y mismo resultado. Una tercera acometida y la traspasa milagrosamente ¿Tan feo soy?, ¿tan mal huelo, amor mío?

Aún asombrado de las acometidas de la vaquilla contra la valla y las señales me conducen hacia esta última. Traspasada, observo los mínimos destrozos en la segunda valla, a mi izquierda. No sé cómo ha conseguido pasarla por abajo ¡Brutal!

Ahora subo y bajo lomas. El sol hace acto de presencia, pero el calor no aprieta. Calculo que me quedarán aún unos 7 km. Me dispongo a descansar bajo única sombra, mas unas hormigas temerarias y veloces me suben por todas partes. Debo continuar otro rato para encontrar la siguiente sombra. Aquí también hay hormigas, pero no tantas. Me duelen algo las tripas y no tanto, como en días anteriores, los pies. Finiquito el pan con queso.

Se me agota la batería del móvil justo antes de desembocar en lo alto de una montaña. A la izquierda hay unas vistas impresionantes: Abajo, un precioso valle y, arriba de él, contundentes montañas a lo lejos. Pienso que será la Sierra de Gredos. Tras una curva aparece “San Bartolomé” de repente. Para acceder a él hay que bajar por una pista muy pronunciada. Antes me equivoqué: No me restaban unos 7 km, sino 3 ó 4. La alegría me embarga. Hoy he caminado ágilmente y eufórico, es por eso que se me hizo más corto el trayecto de más de 40 km. Ésta es la chispa del Camino.

En el pueblo hay tanto acogida parroquial como municipal. Aún arriba me encuentro con una anciana que llega subiendo las duras rampas. Disimula su sordera y le ruego, varias veces, que me indique la casa del cura desde aquí.

Antes de llegar a la casa del sacerdote viene a mi encuentro una pareja. Dicen que han sido peregrinos. Se asombran de que el párroco acoja. Este último no está en casa, así que me conminan a ir al Bar El Pistón, donde me sellarán la credencial y me informarán sobre la acogida municipal.

El bar lo regenta una pareja de ancianos. Ella tiene un poco la boca torcida y un exquisito sentido del humor. Él es más campechano. El sello es bastante original. Me indican la dirección de Mª Jesús, la concejala encargada de la acogida. Dejo los bártulos en el bar. En su casa no hay nadie y un vecino me dice que estará viendo el fútbol. Bueno, de momento voy a ir al bar a trasegar algo, después regresaré pues no me apetece buscarla. La señora me sirve dos jarras de birra escarchada, ¡uhm!, con tapitas, una de pimientos del Padrón de la casa. El último es el que tiene premio.

Reconfortado, aunque me arda el paladar, regreso a la casa de Mª Jesús, que sigue sin aparecer. Voy a ir solo al campo de fútbol, pero la mujer del vecino le ordena a éste que me acompañe. Él refunfuña y es ella la que acaba haciéndolo. El campo de fútbol está cerca pero hay mucha gente. Encontramos a la concejala, quien rápidamente me acompaña a su casa para coger las llaves del centro médico (en la parte de arriba del edificio está el albergue, que es una habitación con 3 literas). Si quiero ducharme tendré que volver al campo de fútbol, pues allí sí hay duchas y aquí no. Voy a por mis pertenencias al bar, regreso y me tumbo un rato. Llamo a Karmele para saber de ella: Está de regreso en Guipúzcoa. En Toledo, sin llegar a empezar el Camino, le cayó una tremenda tromba de agua, la humedad le afectó al cuello y tuvo que desistir de la tarea. Estamos de acuerdo en que le ha pasado eso por no acompañarme, pues yo sí que tengo suerte con la climatología.

En breve ya me estoy duchando en los vestuarios futboleros. En ellos no hay pestillo y me pueden sorprender como mi madre me trajo al mundo. Me da igual. De vuelta al albergue, tras merecida ducha, me dirijo al bar de pensionistas para hacer una visita “cultural”. La camarera es muy desagradable, así que me bebo el botellín en dos tragos. Regreso a El Pistón. Allí me zampo un inmenso bocadillo de caballa adobada por la agradable dueña. Los lugareños comentan la gran granizada que cayó durante el día. Ha sido la misma tormenta que a mí me ha respetado. No me sorprendo porque, como observé arriba, suelo tener una suerte tremenda con la meteorología cuando hago el Camino, y hoy la tuve bastante. Muy dichoso, con tres cervezas más en el cuerpo, me despido de la concurrencia hasta la mañana siguiente, porque abren a las 8 a.m. y aquí desayunaré. Me acuesto sonriente, pues he disfrutado muchísimo de esta jornada. A las 22:30 ya estoy roncando.

 

Jornada 11ª: San Bartolomé de Pinares – Ávila (26 + 3 km)

Compañía inesperada

8 horas y 30 minutos en posición horizontal, todo un regalo. A las 8:10 estoy desayunando en El Pistón. Los peregrinos de Ávila han cambiado el trayecto desde “San Bartolo” hasta la capital. Son 3 km más pero se evita la carretera. Han ganado, además, el paso por otro pueblo para abastecerse: Tornadizos de Ávila. Antes sólo se pasaba por El Herradón, que está muy cerca de “San Bartolo” (4 km).

Abandono el pueblo por una rampa muy dura. Ésta me conduce a una pista de hormigón, que al poco desaparecerá, retornando la apacible tierra. Al llegar a la altura de un campo de fútbol me despisto unos 200 metros (noto que aún estoy algo dormido). Hay que seguir hacia abajo. Un abuelo camino delante, de vez en cuando mira hacia atrás y, acto seguido, acelera el ritmo. No estoy para competir. Cuando paseo nunca lo hago. Además, la jornada de ayer fue larga. La de hoy me la voy a tomar con calma.

En menos de una hora estoy en El Herradón. Tres perros me siguen amigablemente por sus calles. No llevo provisiones, así que aquí debo adquirirlas. Una abuela me cuenta que la tienda la abren a las 10. La encontré previamente cerrada. Son las 9:15 y me conmina a llamar al timbre señalando que la abren en casos especiales. Allá que voy de nuevo. Toco el timbre y no sale nadie. Otra vez y por la puerta de la tienda sale una mujer que se asusta al verme. No escuchó el timbre y salía por casualidad. Nada más hablarle me pregunta, casi aseverando, si soy sevillano. Asiento sorprendido. Me explica que tiene una amiga hispalense con la que habla todos los días, así que por eso ha localizado rápido mi acento. Es muy amable y simpática. Compro provisiones para la jornada y me despido agradecido.

El Puerto de El Boquerón comienza un poco más allá de abandonar el pueblo, tomando un sendero a la izquierda de la carretera. Las primeras rampas son bastante pinas. Me restan 7 u 8 km de subida, que no será fuerte salvo durante el inicio y el final. Hoy tengo bastante compañía vacuna. El cielo está despejado pero, de momento, no hace demasiado calor, sí cuando esté ultimando las rampas.

Ya en el puerto me topo con la carretera, la cruzo y me introduzco en una finca. Ahora toca bajar. El calor agobia y descanso bajo la sombra de una gran roca, cerca de una manada importante de vacas. Éstas me miran enamoradas, ¡ay!. Me siguen ardiendo los pies como en anteriores días.

El descenso es muy apacible y camino pausadamente. De vez en cuando hay que atravesar cancelas divisorias de fincas. En una de ellas me cuesta horrores desatar el nudo de la soga. La soledad me envuelve y coquetea con mi alma.

Sin nada novedoso arribo a Tornadizos de Ávila. Un bar me estaba esperando. Tomo un par de botellines con sus respectivos y exquisitos aperitivos. La camarera mide alrededor del metro noventa y mantiene firmes a los parroquianos. Aquí descanso un rato y, tras las birras, compro una botella de agua fría para lo que me queda de trayecto.

Salgo de la villa y llamo a Raquel, la presidenta de la Asociación del Camino de Ávila, para avisarle de mi llegada. Está en Zamora y me da el teléfono al que debo llamar, que es un terminal que va de mano en mano entre asociados voluntarios. Decido llamar cuando entre en la capital, que ya veo en lontananza a unos 7 km.

Al poco me entran unas ganas tremebundas de yantar. Las cervezas me han abierto el apetito. Transito ahora por un camino de tierra paralelo a una carretera comarcal, pero aquí mismo voy a comerme un bocadillo dedicado a todo conductor que me observe curioso. La espalda la apoyo en la parte del tronco de un pino que ahora proyecta benefactora sombra.

Amenaza lluvia. Las rectas hacia la capital se me hacen interminables y, ya en ella, las avenidas también. El paso por la ciudad también está señalizado. Lo digo porque en muchas grandes ciudades no existen flechas y tiene uno que ir preguntando cada dos por tres. Un par de dudas, un par de señoras amables y ya estoy en el albergue, que se encuentra extramuros y anexo al puente que cruza el río Adaja.

Al entrar en la ciudad telefoneé al hospitalero de turno y quedamos en que, cuando llegara al albergue, volvería a llamar. En pocos minutos se presenta con las llaves. Es un hombre muy amable con el que mantengo una larga conversación.

El albergue es nuevo y ha sido cedido por el ayuntamiento por 10 años. Es un auténtico albergue de peregrinos, no muy grande pero bastante acogedor. Tiene lavadora, ¡hurra!. Tenía pensado lavar la ropa, pues desde Albacete no lo hago. Casi abrazo a la lavadora. Meto en agua caliente con detergente la más que sucia ropa que algún peregrino olvidó. Espero tumbado un buen rato mientras el electrodoméstico trabaja.

Tengo la fea costumbre de desparramar mis pertenencias allá donde me acogen. Todas las mañanas doy orden al caos de la tarde/noche anterior. Lo suelo hacer alrededor de donde duermo. Hoy no: Por todo el salón-comedor se dispersan mis enseres.

Nunca he visitado esta bella ciudad. Mientras aguardo acostado a que acabe su tarea la lavadora, me entran unas ganas locas de permanecer así hasta el día siguiente... En el frigorífico hay una lata de garbanzos con bacalao... Si fuera por unas cervezas cerca... La lavadora acaba su labor con terremoto incluido.Tengo que levantarme para tender. Uso por primera vez en el Camino los imperdibles que traje para tal cometido y.... regreso a la cama. La pereza, mi estado habitual en mi vida normal, me domina de manera aplastante. Ya son las 20 h.... La ciudad merece la pena ser visitada... Estoy a punto de quedarme en el albergue, mas me levanto y me dirijo a Ávila intramuros. Nada más salir contemplo, sobre la muralla, un arcoiris gigantesco: ¡Premio para el esfuerzo del peregrino! Subo por las primeras e históricas calles con la compañía del cercano arcoiris. Doy un extenso paseo y desemboco en un bar, cerca de la catedral, para cenar. Tres cervezas, con sus respectivas y hermosas tapas, reconfortan mi estómago y mi espíritu. Más que feliz doy por concluida la jornada y desciendo hacia el albergue.

¡Sorpresa!: En el albergue hay un peregrino ciclista con otro hospitalero que le vio por casualidad. Ha llegado más allá de las 21 h y va a quedarse aquí. Pido disculpas por el caos que impera en el salón-comedor. Ya son más allá de las 22 h y venía decidido a acostarme. El ciclista me pregunta por bares cercanos para cenar. Le digo que al otro lado del puente hay unos cuántos, pero que la ciudad merece ser visitada. Estoy bastante cansado pero... ¡iré con él! Creo que a los dos nos vendría bien un poco de compañía.

Es mallorquín y veterano peregrino a pie y en bicicleta. Intercambiamos informaciones sobre caminos realizados (a mí me interesa, por ejemplo, el tramo que parte desde Le Puy, que él ha hecho) y nos contamos anécdotas graciosas ocurridas en el Camino. Las tapas que me ponen junto a las cervezas se las doy, pero él tampoco tiene hambre y sólo come un par de ellas. Es bastante majo, sí. Acaba invitándome y rechazando el dinero que le ofrezco. Han caído otras cuatro cervezas en mi interior.

Descendemos a medianoche hacia el albergue más alegres que unas castañuelas. Cuando llegamos mi ropa tendida ya está seca y la recojo. Me siento fuera para fumar y aprovechar la vista de las estrellas. Ellas me susurran que no debo abandonar el Camino aunque me sigan doliendo los pies. Les haré caso. He hecho bien en acompañar al hermano mallorquín. Hemos pasado un rato muy agradable. Doy las buenas noches a él y a las estrellas.

 

Jornada 12ª: Ávila – Gotarrendura (unos 24 km)

El bar de la gallina de los huevos de oro

Une leve resca planea sobre mis entendederas. Nada serio. Me he levantado a las 8, estando el hermano mallorquín está a punto de irse. Nos despedimos fraternalmente.

Pienso llegar a Hernansancho (unos 28 km) y mañana a Ataquines (unos 40 km de aquél). En ambos parece que existe acogida. Llamaré durante la mañana al ayuntamiento de Hernansancho para confirmar el dato.

La etapa de hoy es muy cómoda para el peregrino porque las distancias entre los pueblos por los que pasará es corta. Tranquilidad, pues. He desayunado en el albergue. No me quedan más provisiones, pero las conseguiré en breve... o eso espero.

Como el albergue está extramuros en cinco minutos estoy fuera de la ciudad. Ha amanecido despejado e intuyo próximo calor. Tengo dos opciones para llegar a Narrillos de San Leonardo (a 6 km): La carretera y alargar un poco por pistas de tierra. Sin dudarlo opto por las pistas. Paso junto al pantano de Fuentes Claras, donde saludo a pescadores y, tras éste, camino por vías que discurren por monte bajo. Al poco éstas me conducen a la carretera, que tomaré durante un pequeño tramo. Hay una foto puesta por alguien, con muy buen sentido del humor, en una señal de tráfico: Una mujer rolliza degusta muy feliz una ración de chorizo. Me río mucho con el detalle.

En “Narrillos” no hay tienda ni bar donde abastecerme. Mala noticia. Me informan los lugareños que existe una nave de almacenamiento de comida, que vende a minoristas, y que la abren para clientes con urgencias. Yo la tengo, pues me quedan 8 km hasta Cardeñosa. La nave está cerrada. Llamo y nadie me contesta. Pues nada, habrá que hacer de tripas (insatisfechas) corazón sin echar nada al buche.

Hacia Cardeñosa voy, nuevamente, por pistas de tierra. Aprieta algo el calor, mas no en demasía. Percibo que el Camino hace eses con respecto a la carretera pero, aunque tenga bastante hambre, no voy a tomar el asfalto ni loco. Desemboco en el asfalto y debo cruzarla. Hay dos opciones, in situ,  sorprendentes: “Por pradera” y “por el Camino”, ambas señalizadas ¡A la pradera! Pero el sendero hacia la hipotética pradera está bastante sucio de maleza. Además, las breves reseñas que llevo me hablan de una cantera que percibo a mi izquierda. Retrocedo y voy “por el Camino” hacia la cantera.

Cardeñosa me sale al encuentro antes de mis cálculos. Mejor. Vuelo hacia la tienda y compro el almuerzo y algo más. En el banco de una plaza me descalzo, yanto un enorme pastel y huelgo un buen rato.

Peñalva de Ávila sólo dista 4 km, Gotarrendura 6 más y Hernansancho 4 más. Muy cómoda la etapa para aliviar, en verano, el calor de vez en cuando.

Durante un par de kilómetros el Camino es variopinto y me divierto pero... ¡Impresionantes vistas! Me encuentro en un alto y desde aquí la llanura es cuasi infinita. El amarillo de los campos sólo se ve salpicado por los pueblos por los que discurriré. El paisaje para nada es esperanzador para pasearlo durante estas fechas.
El recorrido pasa de refilón por Peñalva, pero he de cargar agua. Me adentro en la localidad y lo hago, en una fuente baja, ante la mirada incrédula de unos niños pequeños. Un lugareño llega hasta donde estoy hablándome en un idioma ininteligible. Intento comprender. No lo consigo y sólo asiento. El lugareño insiste y ahora sí entiendo que lo que me indica es que no cargue en esta fuente, que hay otra a unos 100 metros con el agua más fresca. Allí me dirijo y cierto es. Adyacentes a la fuente hay bancos de madera y buena sombra sobre ellos. Decido comerme un bocadillo de mortadela. Los bancos están bien regados de cagarrutas de pájaros, pero aquí descansaré, pues más umbría cercana no hay.

Un perro callejero viene a hacerme compañía para compartir el bocadillo. Comemos juntos. Tras ello aparece una perra a la que no le gusta la fruta. Aprovecha, sin embargo, pedazos de mortadela que su compañero no atisbó. Un chaval viene a coger agua y charlamos un poco.

Hacia Gotarrendura el Camino discurre, en suave descenso, por pistas parcelarias donde hallo, de vez en cuando, cruceros. Hay otras pistas que me parece, a simple vista, van más rectas, pero supongo habrán decidido señalar el Camino por aquí por el asunto de los cruceros. Se supone que deambulo por un camino religioso (aunque mis motivos sean bien distintos), así que no me enfado y lo acepto. Absolutamente nada de sombra. Corre un poco de benefactora brisa.

En medio de la nada aparecen, turgentes y desafiantes, los restos de una espadaña huidiza a la razón de existir. Un centenar de metros más allá un par de columnas, asimismo resistentes y desafiantes. No sé por qué pero estos pobres restos de lo incierto me agradan sobremanera.

No he tenido cobertura en el móvil desde que partí de la capital abulense, así que no he podido telefonear al ayuntamiento de Hernansancho. Arribo a Gotarrendura a las 15 h con la intención de sestear y, tras ello, plantarme en un salto en Hernansancho.

A estas horas el pueblo está muerto: Ningún alma pasea por sus calles. Busco el ayuntamiento y, cuando lo diviso, una mujer lo abandona rápidamente para, acto seguido, meterse en un coche. Me doy prisa y la alcanzo. Le explico mi situación y pretensiones. Me espeta que en Hernansancho no hay acogida (contradiciendo la información que porto) y que debería pernoctar aquí. De momento le ruego me permita sestear y llama a la mujer que dispone de las llaves del albergue, que aparece en breve y que me acompaña hacia él. Éste es muy espacioso. Me explica que su planificación ganó un premio de arquitectura por aprovechar el adobe del antes existente edificio.

Me ducho e intento echar la siesta. No lo consigo. Reflexiono, entonces, sobre lo expresado por la mujer del ayuntamiento (¿concejala?) sobre la no acogida en Hernansancho: Sólo me separan escuetos 4 km... Si me quedo aquí la jornada siguiente pasará de 40 km... Me estoy retrasando con las jornadas de menos de 30 km, distancias cortas para mí... Ahora tengo cobertura, pero el ayuntamiento estará cerrado... Puedo ir y si no tuviese suerte hacer autostop para regresar... Llevo varios días sin tomar notas sobre lo acontecido... Si me quedo aquí, para no tener una jornada demasiado larga mañana, podría quedarme en Arévalo (28 km) y después en Medina del Campo (33).
No me convence del todo la decisión que voy a tomar: Opto por quedarme.

Me paso toda la tarde escribiendo notas. Al menos he aprovechado el tiempo. La alguacil me comentó que en el bar del pueblo, y con algo de suerte, podrían prepararme algo caliente para la cena.

Ya en el bar pido una cerveza. Espero la compañía de un aperitivo, pues es costumbre por estos lares. El camarero ofrece a todos los parroquianos menos a mí. Tengo que pedirlo, los demás no. Le pregunto al camarero (que me parece portugués y que acabará siendo búlgaro) si me pueden preparar algo caliente para cenar. Consulta a su mujer, que está en el comedor dando de comer a un niño pequeño. Ésta asiente. Me pueden preparar un plato combinado. Me ofrecen lomo con patatas y algo de ensalada. Ok, pero en vez de ensalada que me fría un huevo. Le digo a su mujer que no se apresure en darle de comer a su hijo, pues yo puedo esperar. Pido otra cerveza y sigue sin ponerme aperitivo (a todos los demás otra vez sí). Se hace el sueco, a pesar de ser búlgaro y aparentar ser portugués, mas ante mi solicitud acaba por ponérmelo a mí también.

En los taburetes contiguos al mío se sientan tres niñas de unas 13/14 años. La más próxima luce, com amplio escote, unos pechos descomunales. Pido otra cerveza y mismo juego con el escurridizo y ruín camarero. Tomado el aperitivo, el hombre sueco/portugués/búlgaro me prepara la mesa y allí que me voy con la cerveza. Al lado puedo ver una lista de platos combinados. El de lomo, patatas y ensalada cuesta 5 euros.

El plato que me trae es bien generoso: Los protagonistas son dos hermosísimos filetes. No soy una persona que coma mucha cantidad, pero esta vez haré un merecido esfuerzo. Otra cerveza de la cual perdono el debido aperitivo. Mi mirada oscila entre todo lo existente en el bar mientras mis mandíbulas baten lenta pero certeramente. Cuando mi mirada se pierde entre las dos más que voluminosas ubres la chica mira de reojo y finge no percibirlo. De todas maneras estoy mucho más en lo mío, que es saciar copiosamente mi apetito en el plato que tengo delante.

Al ir a pagar la cuenta la cifra me parece desmesurada. Solicito al sueco/portugués/búlgaro me la desglose y el plato combinado me lo quiere cobrar a 7 euros en vez de 5. La mayoría de las veces pago aunque perciba el timo, pero esta vez no me sentó nada bien que no acompañara mis cervezas con el aperitivo haciéndolo, eso sí y descaradamente, con todos los parroquianos menos conmigo.

La cuestión es que cambiar un huevo frito por la guarnición de ensalada ha encarecido el producto 2 euros por arte de magia. Pues sí: “El bar de la gallina de los huevos de oro”. En vez de enfadarme por abusar de mi condición de persona de paso, le espeto que no voy sobrado de dinero. Acaba por no cobrarme los dos más que abusivos 2 euros.

Con bastante enojo regreso al albergue. En el libro donde los peregrinos pueden hacer observaciones advierto a futuros que tengan mucho ojo con el sueco/portugués/búlgaro del bar. Tras ello me abandono entre el saco de dormir.

 

Jornada 13ª: Gotarrendura – Palacios de Goda (unos 35 km)

El sensato, hospitalario y adolescente porreta

 

Me he levantado a las 6 a.m.. He desayunado una pera, que dejé a propósito, y a las 7 y poco ya estoy en danza. Etapa de nuevo cómoda. La distancia entre las poblaciones es corta salvo los 14 km que separan Tiñosillos de Arévalo. El camino hasta Tiñosillos irá paralelo a la carretera, unas veces adyacente a ella, otras algo más alejado.

A las 7:55 desemboco en Hernansancho, mi destino truncado de la jornada anterior. Hoy intentaré llegar a Ataquines. Unas mujeres me indican que el Bar Porche, que está frente a la gasolinera de la entrada del pueblo, lo abren a las 8, así que esperaré. Como es costumbre en este informal país, no lo abren puntualmente. Fumando espero. El camarero es bastante serio o tiene mal despertar, así que hablo lo mínimo. Al rato ya parece más relajado y le pregunto si existe un cajero en la villa. No, pero en Arévalo dispondré de uno de mi banco. Me restan menos de 20 euros y la noticia me alivia. Intercambiamos opiniones negativas sobre las usuras y estafas de los bancos.

Paseo tranquilo hasta Villanueva de Gómez (a 3 km) e igualmente hasta El Bohodón (otros 3). En este último me abastezco ante afable tendera, que me desea buen viaje.

Frente a la iglesia del pueblo encuentro un banco sombreado. Aquí me descalzo y almuerzo con parsimonia. La jardinera, una adolescente encantadora, se interesa por mi periplo y charlamos, brevemente, pues tiene que marchar a regar a otro lugar. Converso, asimismo, con otro lugareño hospitalario, que me advierte que el agua del pueblo no es potable a causa de las filtraciones de productos químicos de los abonos en los cultivos. La diputación reparte agua mineral a los habitantes. En Tiñosillos, observa, pasa lo mismo.

Las brevísimas reseñas que porto como guía apuntan una distancia de 4 km entre El Bohodón y Tiñosillos. No es así. Calculo que serán sólo un par. Me encuentro con una fuente. Una mujer, ante mi cuestión sobre potabilidad, me cuenta que ha bebido en ella durante toda su vida y que ni siquiera tuvo una leve cagalera. Nos reímos, me refresco y cargo agua.

No me detengo más en Tiñosillos y en breve percibo la pinada de 6 km por la que debo discurrir. En ella disfruto de la umbría, pues el calor ya estaba agobiándome. Una auténtica delicia el soslayar repetidamente el ímpetu de los rayos solares.

Hago un hueco con los pies, apartando los pinchos de los pinos, y me pego la tumbada del siglo. Una nube solitaria se posa sobre mi pie izquierdo. Vuelvo a ser feliz. Sólo he necesitado unos km de sombra y soledad.

Cruzo la carretera hacia Nava de Arévalo restándome otros 2 km de pinada... ¡Perfecto!... y... ¡Ya está aquí de nuevo la carretera!... El calor es ahora insufrible e intento no discurrir sobre su asfalto ardiente y la molestia de los vehículos. Hay una pista de arena paralela, pero se me hunden los pies y me cuesta horrores avanzar. Transito, entonces, pinar a través, sorteando todo tipo de espinosa maleza. Entran en mis botas muchos pinchos y abundante arena. No voy cómodo. El sol sigue comportándose de manera nada indulgente. Al fin un camino paralelo a la carretera por su derecha donde mis pies no se hunden. Arribo a Arévalo tomando un carril bici. En él unas espinas abandonadas taladran mis botas, mas no llegan a la carne.

Llamé con anterioridad a un monasterio cisterciense, donde se supone dan acogida, pero me comentaron que ya no existe y que debía dirigirme al cura de la población, Alejandro. He de decir que, ante el tremendo calor, decidí ultimar la jornada en Arévalo y no en Ataquines (unos 45 km desde Gotarrendura). Tengo, asimismo, información sobre acogida municipal en polideportivo. Para ello debo pedir las llaves en Bar Desirée. Camino del bar me topo con un cajero. Extraigo dinero para una semana más. En el bar una camarera muy agradable me advierte que la acogida municipal ya no existe, así que le pregunto por la casa del cura. Está en la misma acera. El cura me espeta que tampoco me puede acoger (o no quiere, que es lo mismo). Jornada trece... De momento la ira me embarga... debo regresar al bar por mis pertenencias. Pido una cerveza para relajarme y estudiar la situación. La camarera me comenta que el ayuntamiento está construyendo un albergue. Le contesto, demasiado malhumorado para su gentileza, que eso ahora a mí no me afecta, que lo que tienen que hacer es buscar soluciones perentorias para acoger donde sea. Me sugiere que vaya a una pensión. Ahora tengo el bolsillo lleno pero no puedo permitirme ese lujo que pagaré en los últimos días. Me convence y llamo a una pensión que, según ella, es la más barata: ¡25 euros!, ¡ni loco! Como máximo pagaría 15. Me largo de Arévalo, ¡que le den! Aún así voy a preguntar al local de los municipales, por si hubiese alguna información que no conociese la camarera. Nada: En Arévalo no hay acogida ¡Me las piro, vampiro! El calor está en su máximo esplendor. Son las 15 h ¡Me da igual!

Bastante enojado abandono el pueblo y mi ira hace que no halle bien la salida. Tengo que preguntar varias veces. Además, la señalización en un polígono industrial es ambigua. Al fin desemboco en la carretera comarcal que me llevará hasta Palacios de Goda. Voy a Ataquines: ¡Al ataqu(e)ines! Y si allí no hubiese acogida a San Vicente de Palacios (unos 50 km desde Gotarrendura) ¡Hoy no me para ni Dios!

Descanso al poco de tomar la carretera para coger fuerzas. Devoro tres peras que empezaban a pudrirse. No lo hago nunca, y obro mal, pero como la bolsa donde están las peras está asquerosa, la abandono a su suerte: ¡Que le den a Arévalo!

Piso poco el asfalto gracias a arcenes de tierra, a campos recién cosechados y a una pista paralela a ella. Las piernas me vuelan y la ira me ha hecho fuerte. Los 9 km que separan Arévalo de Palacios de Goda los realizo en algo más de 1:30 min (cuando suelo hacer, a mi ritmo normal y pausado, 4 km/h).

Ya estoy en Palacios y unos chavales están retozando sobre la hierba y fumando ídem. Me saludan muy amigablemente y me preguntan dónde voy. – A Ataquines, porque parece que me darán allí acogida-. Uno de ellos, el más pícaro y el único que, a la postre, fuma, me ofrece hachís y rechazo. Les pregunto por una fuente, que está a unos 50 metros. Dejo mis pertenencias con ellos y voy a refrescarme. Me informa el fumeta que, de vez en cuando, han visto acoger en el pueblo. Me recomienda no ser bruto y quedarme aquí. Los otros opinan lo mismo. Tienen unos 16 años y mucha razón y bonhomía. Echo unas risas con ellos y todos, menos el fumeta, que se queda saboreando el porro y la sombra, me acompañan a casa de Ana María, la mujer que dispone de las llaves de un edificio anexo a la iglesia. Ésta primero me manda a casa del alcalde, que está sólo a 10 m. Los chavales siguen acompañándome. El alcalde no está y su padre (y los chavales, por supuesto) me acompaña a casa de Ana María. Telefonean al cura y éste no contesta. Ana Mª, entonces, asume la responsabilidad de acogerme, me acompaña al albergue y me lo enseña. Me despido de los adolescentes haciéndoles un gesto de gratitud.

En el “albergue”, que es un centro cristiano de reuniones, hay cocina, servicio con bañera, pero no hay camas. Ana Mª observa que no llevo estera para dormir en el suelo y me conmina a coger un colchón de la buhardilla. Allí hay infinitud de telarañas, muchos trastos y 4 colchones. Arramblo con uno y lo limpio abajo ¡Hogar, dulce hogar! Mi benefactora se despide diciéndome que, al irme mañana, deje las llaves en el buzón que hay en la puerta. Le agradezco muchísimo su generosidad.

Ya está el caos habitual de todos los días que me hace sentirme cómodo: Mis bártulos desparramados por doquier. Como casi siempre estoy solo, no molesto.

Paseo un poco por la villa y busco una tienda para comprar provisiones. En “Anselmo” no tienen pan pero sí unos bollitos de leche y un queso cojonudos. La tendera quiere hacer el Camino pero no se atreve a hacerlo sola. La animo a ello y me despido, ya que me esperan unas cervezas, primero en un bar donde sello la credencial, y luego en otro. Tras 5 cervezas empiezo a notar el cansancio y la chispa de la vida. Decido regresar al “albergue”. A lo lejos diviso a mi benefactor porreta y a sus 3 amigos, aún sobre la hierba. Levanto el brazo un par de veces en forma de saludo pero no me ven.

- ¡Peregrino, máquina!

Es la cuarta o quinta vez que me cruzo con un chavalín ciclista desde que llegué. Cada vez que nos cruzamos me dice lo mismo y nos reímos.

Pues yo, el peregrino máquina, estoy más que exhausto. En el “albergue” un abejorro incansable y bullanguero, que revolotea por toda la habitación, me acompaña mientras devoro un par de bollos de leche con queso y trasiego una lata de cerveza.

Ya en el colchón, en vez de contar ovejitas/abejitas para conciliar el sueño, cuento abejorros.

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