De plata en Plata, de luna en luna.

José Antonio de la Riera.

 

A la memoria de un buen amigo. Y porque es tiempo de Camino, rememoro una historia de hace unos años. Va por él. Y, de paso, también por mí.

Empereza salir de Laza. Y más cuando aún anda la luna despidiéndose del mundo y rielando en plata los prados que rodean el albergue. Un albergue luminoso, todo cristal, en el que he estado solo toda la noche. Empereza salir de Laza en soledad, todo cerrado, no hay con quien pegar la hebra.

Y me echo a andar por una carretera solitaria, con los castaños abanicándose con un airecillo frío que viene de la Serra do Invernadeiro que he dejado atrás ayer. Voy silbando despreocupado, realmente debería hacer un trabajo que me han encargado, fotos, cartografía, tomar notas... al carajo, ya volveré otro día, hoy estoy caminando. El Camino se mete por una pistilla de tierra y yo también, es sábado. Y entonces aparecieron. Uno, y otro, y otro, y otro más. Yo estaba echando un pito con todo el sosiego de la pereza que todavía me embargaba.

A la mierda el sosiego, uno, y otro, y otro, y otro más... se pararon a cincuenta metros. Era un mundo de "todoterrenos" y ladridos. La partida del jabalí acababa de desembarcar. Los perros venían en los remolques. En un abrir y cerrar de ojos me vi rodeado de chuchos, escopetas, ruido de motores, teléfonos móviles (a quién coño llamarían a esas horas). Yo estaba sentado en el pretil de un pequeño puente. Acababan de despertarme, coño y de qué manera. Nunca comprendí a los cazadores, he trazado además una rigurosa línea entre ellos y mi persona (me los encuentro los fines de semana de invierno, en los montes, en los caminos, y más de una vez he tenido que hacer cuerpo a tierra), entendería a un cazador de osos a cuchillo (al cincuenta por ciento de posibilidades), pero no le veo la jodida gracia al tiro al blanco. Ni a los tiradores. Ni mucho menos al zoquete que me está apuntando inadvertidamente mientras mama de un "faria".

"¿Farías o favor de apuntar pra a cona da túa nai? ¿ou preferes que che meta iste pau polo cú?

Son como veinte escopeteros y unos cuarenta perros. A los tres segundos ya me he dado perfecta cuenta de que me he dejado llevar por el jodido carácter. Reconozco entre ellos a dos o tres con los que había estado tomado un vino y charlando en la taberna de Laza la noche anterior. Menos mal. Ellos se interponen entre servidor y el tipo del "faria". Pero no hay disculpas por parte de nadie, por la mía tampoco. Agarro el bordón y me abro paso entre la jauría y los escopeteros, que empiezan a darle a la bota. Uno de los del bar me larga "pero no te lo tomes así, hombre". Me encojo de hombros y sigo, ya he despertado del todo y la brisa hace el resto. Luego me río, soy un memo, me podían haber inflado a patadas en las miserias con toda tranquilidad y haberse "repartido mis ropas".

Ensimismado, cruzo la soledad de Soutelo Verde, me deslizo por la pista de Tamicelas y es allí cuando encuentro a "Remedios". Vamos a llamarla Remedios, tiene ochenta y dos años (eso declara) pero me ha adelantado en la fuente. Me ha observado curiosa y ha ralentizado el paso.

- ¿Anda vostede pra Santiago?
- Ando

Estamos de cháchara casi una hora. Remedios ha visto mucha gente andando para Santiago. Ella nunca ha estado. Ni ha visto el mar, sólo lo ha "mirado" en la tele. Eso sí, ha estado en Ourense, en el hospital, visitando a una hermana. Pero ella nunca ha estado enferma, siempre ha estado trabajando, primero para sacar adelante a unos hermanos pequeños que se han ido a Suiza y que ahora ya nunca le llaman, ni sabe de ellos. Su madre había muerto cuando ella tenía catorce años y poco después su padre murió de silicosis después de haberse tragado todo el polvo de los túneles de las obras del Ferrocarril, en a Serra Seca.

Luego trabajó para ella y para su hermana, que hace años que está baldada e impedida en la casa. Remedios tiene unos ojos verdes, llenos de bondad, que abarcan el mundo, su pequeña aldea y su valle, y tiene unas manos rugosas y una boca desdentada. Lleva un hatillo de castañas que ella misma acaba de recoger - ¿queres unhas castañas filliño?- No gracias, Remedios, tengo que seguir caminando-. Le doy un beso, tengo que seguir. Y ella tiene que atender y dar el desayuno a su hermana, que la espera en una casa humilde al lado del Camino.

- "Vaí con Deus, meu fillo, vaí en paz
- Adeus Remedios, adeus.

La subida a Alberguería es agotadora. Le pego unos tientos al vino y me doy cuenta de que no he desayunado. Tampoco llevo nada en la mochila, como no me coma la gaita lo llevo claro. Bah, chico duro, el vino me anima y canto a grito pelado. Son curiosas estas sierras de la Galicia interior, no hay gente, pero tampoco un animal, no hay nada. Bueno sí, el viento, un rugido continuo, que te acompaña, que te envuelve, que te rodea, que te mece.

El Camino va por las crestas y mis alaridos desatinados rebotan en ellas. Por un momento estallo en carcajadas, no estaría mal entrar en Alberguería completamente mamado, últimamente esto está lleno de deportistas y de isostáres, los de los pueblos van a empezar a pensar que los peregrinos somos gente rara, una pandilla de mariquitas (con perdón, debo ser políticamente correcto). El ver a un tipo llegar con una boina, tocando la gaita y haciendo eses debe ser todo un acontecimiento. En esas cuitas andaba cuando entré, de verdad, en Alberguería.

Un tipo con mono azul atiende a un ternero.

- ¿Hay bar abierto?
- No señor, no hay ningún bar en Alberguería
- Con Dios.

José Luís me llama desde su bar. "¡Unos hijos de puta, eso es lo que son, me quieren hundir, no, el bar no es legal, lo abro cuando me sale de los huevos, pero me quieren hundir!"

El bar es indescriptible y su dueño un artista. Quiero decir que pinta, esculpe, pone a parir a los vecinos y bebe vino. Corta jamón para él y para mí. Es muy amigo de un amigo, Quintas, "el Jabalí". Yo llevaba unas notas, tenía que verme con una persona en Alberguería. Resultó que era él.

- ¿Qué sabes de la Picota medieval?
- ¿A Picouta? (carcajadas). A Picouta a tén o fillo de puta que che contou que non temos bar en Alberguría,

Con cuatro copas de licor café en el cuerpo me dispongo a tomar al abordaje la finca del interfecto mientras José Luís me espera fuera.

- O muy cabrón é capaz de volarlle a calquera a tapa da sesera de un tiro. Eu non vou. Mira tí o que fas. E ten coidado, aquí ninguén anda con bromas.

Entro en la finca. Al otro lado de un mar de berzas, reluciente en siete soles, está el Rollo Jurisdiccional de Alberguería, siglo XV, al que acribillo a fotos. Me largo en cuanto puedo, al otro lado del muro me espera José Luís.

- ¿Outro licor-café?

No gracias, hermano, tengo mucho Camino hasta Xunqueira de Ambia.

Estoy saliendo de Alberguería, una aldea tan solitaria y abandonada como casi todas en esta Galicia desolada, cuando los veo. El niño no tendrá más de tres años. Al viejo que lo lleva de la mano, renqueante, no es fácil adivinarle la edad. No hay nadie más a la vista en toda la aldea. El niño, simpático y gritador, arrastra con una cuerda un enorme camión de juguete en el que hay, además, un pequeño arco y unas flechas. ¡ Brummm! ¡Brummm! grita el niño mientras arrastra el camión y, de paso, a su abuelo.

Charlo con el viejo. Es la historia de todas estas aldeas. Los padres están ganándose el pan como pueden en Barcelona y han dejado el niño a cargo de sus abuelos. Los veo alejarse calle abajo, el viejo cojeando y con un Parkinson galopante y el niño que tira de él y de el camión hasta que los pierdo de vista. Me entra un golpe de tristeza. ¿Quién ha abandonado a su suerte a estos viejos, a estos niños?

La tarde discurre entre más viento, la emoción de la cruz de Monte Talariño, los recuerdos de aquellos años, cuando instalamos la cruz con Elixio Rivas, justo donde los segadores gallegos en su viaje a Castilla se detenían para rezar una salve vueltos hacia el Santuario de Os Miragres de Monte Medo. Atardeciendo y envuelto en lluvia crucé la llanura inmensa de la Limia, mientras arreciaba un viento desatado.

Y, ya noche cerrada, me perdí en el bosque llegando a Xunqueira. Siempre me pasa igual cuando estoy en Camino, madrugo y ando, y lo hago a un ritmo vivo, pero entre pararme a platicar con todo el mundo, beber vino, cantar a grito pelado y tocar la gaita, se me va el día por esas encrucijadas de Dios. Siempre lo hago así, camino de luna a luna, nunca he concebido el cobijo del albergue (cuando no duermo al raso) más que para dormir. El Camino se vive en el Camino, incluso las charlas con otros colegas son más de verdad cuando se hacen a pie de trocha. Claro que cada uno tiene sus ideas y todas son respetables. Lo que no me priva de jurar en arameo cuando me veo perdido, como en este bosque y en medio de la noche, y eso que creo conocer perfectamente estas trochas. ¿Habéis visto como os saludan las ramas de los árboles en medio de la noche y en un bosque envuelto en niebla? Todas te quieren atrapar. Unas campanadas graves, lejanas, que llegan en sordina entre las ráfagas de viento, me orientan. Tiene que ser la Colegiata de Santa María de Ambía.

Son cerca de las once cuando me derrumbo en el albergue. Está habitado por una especie de excursión que se dirige a Os Miragres. Los albergues de la Vía de la Plata en Galicia son utilizados así en invierno cuando no hay peregrinos. Son gente amable, nos saludamos y me invitan a un caldo humeante que están haciendo en la cocina.

Pronto me dejan solo y decido hacer mis oraciones. Hace años que dejé de rezar, uno es de los últimos entre los cristianos, o entre los budistas o yo qué sé, pero sentado en la mesa del albergue, mientras el viento fuera seguía aullando, hice una excepción y comencé a rezar:

Niño de Alberguería,
súbete en un cometa,
sube contigo el camión,
el arco, también las flechas,
y sube contigo al abuelo,
por una escala de oro,
una escala bien derecha.
Y echa a rodar tu camión,
por el cielo de tu aldea,
¡Brumm! ¡Brumm!
envuelto en polvo de ángeles
¡qué todo el mundo lo vea!

Que toda la gente sepa
que quedan niños con arcos,
con camiones y con flechas,
en las aldeas perdidas,
de los montes de mi tierra.

Y que también quedan viejos,
agarrando de la mano,
lo poco que en ellas queda.

Por ellos va mi oración,
si es que hay alguien que la atienda,
para que un viejo y un niño,
puedan trepar a un cometa.

Que así sea.